LA ORACIÓN INTERCESORA DE LA IGLESIA.

 

Deme cien predicadores que no teman nada sino al pecado, y no deseen nada sino a Dios. ¡Me importa un comino que ellos sean clérigos o laicos! Los tales harán temblar las puertas del infierno y establecerán el reino del Cielo en la Tierra. Pues Dios no hace nada, sino es en respuesta a la oración… John Wesley

 

Los apóstoles conocían la necesidad y el valor de la oración en su ministerio. Ellos confesaron que su elevada comisión como apóstoles, en lugar de relevarlos de la necesidad de orar, los comisionaba a ella por la necesidad más urgente. Así que, excesivamente celosos de que ninguna otra obra importante agotara su tiempo y los privara de “darse con persistencia a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch. 6:4), señalaron laicos para llevar a cabo los delicados y absorbentes deberes de ministrar a los pobres; dijo Pablo: “orando día y noche, continuamente…” (1 Ts. 3:10).

 

No en vano estos santos apóstoles concibieron que ellos desempeñarían sus elevados y solemnes deberes de comunicar fielmente la Palabra de Dios únicamente si permanecían e insistían en el ejercicio de la oración.

 

Y esta oración apostólica fue tan abrumadora; oraron, pues poderosamente día y noche para atraer a su pueblo a las más elevadas regiones de la fe y de la santidad. ¡Que sublimidad de alma, que pureza y elevación de motivos, qué desinterés, qué sacrificio personal, qué trabajo tan agotador, qué ardor de espíritu y qué tacto divino se requieren para ser intercesor de los hombres! Esto es, el predicador debe entregarse a sí mismo a la oración intercesora de sus feligreses; no para que ellos puedan simplemente ser salvos, sino para que sean poderosamente salvados. Los apóstoles se entregaron a sí mismos a la oración para que sus santos pudieran ser perfectos; que no pudieran tener un poco de gusto por las cosas de Dios, sino que pudieran “ser llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:19). Pablo no confiaba en su predicación apostólica para conseguir este fin, sino que, por esta causa, dobló sus rodillas al Padre. Y la oración de pablo llevó a sus convertidos más allá en la elevada calzada de la santidad de su predicación. Epafras hizo tanto o más con la oración por los santos de Colosas que con su predicación. Él trabajó fervientemente siempre en oración por ellos, para que “pudiera estar perfectos y cumplidos en toda la voluntad de Dios” (Col. 4:12)

 

LA ORACIÓN INTERCESORA DE LOS PREDICADORES.

 

Si en años posteriores los líderes de la iglesia hubieran sido tan exigentes y fervientes en orar por su pueblo como lo fueron los apóstoles, los tristes y oscuros tiempos de mundanalidad y apostasía no habrían dañado la historia, eclipsado la gloria y detenido el avance del Cuerpo de Cristo. Igualmente, el predicador que haya aprendido en la escuela de Cristo el elevado y divino arte de la intercesión por su pueblo conocerá el arte de la predicación.

 

Los predicadores son preminentemente líderes de Dios y principalmente responsables de la condición de la iglesia. Ellos moldean el carácter, dan tono y dirección a la vida eclesial. La iglesia es divina, el tesoro que encierra es celestial, pero lleva la impresión de lo humano: el tesoro esta en vasijas de barro, y toma gusto del vaso. Por consiguiente, la iglesia de Dios es hecha por sus líderes, (ya sea que ella los haga o sea hecha por ellos); será, pues, lo que sean sus líderes: espiritual, si ellos son espirituales, o secular, si ellos lo son… Porque una iglesia raramente se rebela contra o se eleva sobre la religión de sus líderes (así, por ejemplo, los reyes de Israel dieron carácter a la piedad de Israel).

 

La oración es una de las eminentes características de una dirección espiritual fuerte. Los hombres de poderosa oración son hombres de poder y amoldan las cosas; su poder con Dios tiene la senda de conquista. ¿Cómo puede un hombre predicar si no ha conseguido su mensaje fresco de Dios en la cámara secreta? ¿Cómo puede predicar si no tiene su fe avivada, su visión lúcida y su corazón caldeado por su estrecha unión con Dios?  ¡Ay del pulpito cuyos labios no son tocados por esta llama de la cámara secreta! Árido y sin unción será siempre y las verdades divinas nunca vendrían con poder de semejantes labios.

 

Hasta donde los intereses verdaderos de la religión atañen, un pulpito sin una cámara secreta siempre será una cosa estéril. Edades de gloria milenial han sido perdidas por una iglesia falta de oración. Más aun la venida de nuestro Señor ha sido postergada indefinidamente por una iglesia falta de oración. El infierno se ha ensanchado y se han llenado sus horrorosas cavernas en presencia del servicio muerto de una iglesia falta de oración. “orad sin cesar” (1Ts. 5:17) es la ultima llamada del clarín para los predicadores de este siglo. Solo entonces, el siglo siguiente encontrará un nuevo Cielo y una nueva Tierra; porque el Cielo y la Tierra viejos y corruptos pasaran bajo de un ministerio de oración intercesora por el mundo…

LA ORACIÓN INTERCESORA DE LA IGLESIA POR SU PASTOR

 

Si algunos cristianos que se han estado lamentando de sus ministros hubieran dicho y actuado menos delante de los hombres y se hubieran aplicado ellos mismos con todo el poder, para clamar a Dios por aquellos, hubieran, por así decirlo, levantado y asaltado el Cielo con sus humildes, fervientes e incesantes oraciones intercesoras, y habrían estado más cerca del camino al éxito.  JONATAN EDWARDS

 

De algún modo, la práctica de orar por el predicador en particular ha caído en desuso. De vez en cuando, hemos oído la práctica denunciada como un descredito del ministerio, siendo una declaración pública por los que la hacen de la ineficiencia de l ministerio. Ellos ofende el orgullo de la erudición y el de la propia suficiencia, quizás estas deben de ofenderse y reprocharse de un ministerio que esta tan abandonado como para admitir que existe.

 

Pero la oración del pueblo a favor del predicador es una necesidad. De hecho, ya hemos estudiado cómo es deber del predicador orar por sus feligreses… ¿Por qué no, entonces, deberían estos también orar por su predicador y pastor? Estas dos proposiciones son conyugues dentro de una unión y nunca han de conocer la separación: el predicador debe de orar por su iglesia, y la iglesia tiene que orar por su pastor, y es que un verdadero predicador, después de cultivar su propio espíritu y orar por los suyos, anhela con gran vehemencia que sus hermanos oren por el… ¡Y no se avergüenza de ello! Cuanto más estén abiertos los ojos del predicador a la naturaleza, responsabilidad y dificultades de su obra, tanto más verá y sentirá la necesidad de la oración, no solamente la privada e intercesora que él haga con Dios, sino la de otros que le acompañen y ayuden a sus oraciones correspondientes.

 

Pablo es una ilustración de esto; si alguna podía proyectar el Evangelio por golpe de la fuerza personal, por el poder del cerebro, por cultura, por gracia personal, por comisión apostólica de Dios, por llamamiento extraordinario, aquel hombre era Pablo.

 

En cuanto a que el predicador debe de ser un hombre dado a la oración, Pablo era un eminente ejemplo. Pero todavía va más allá; a sus hermanos de Roma escribió: “Ruégoos empero, hermanos, por el Señor nuestro Jesucristo y por la caridad del Espíritu, que me ayudéis con oraciones por mí a Dios,” (RV 1909 Ro. 15:30)

 

A los efesios les dijo: “Orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda instancia y suplicación por todos los santos, y por mí, para que me sea dada palabra en el abrir de mi boca con confianza, para hacer notorio el misterio del Evangelio” (RV 1909 Ef. 6:18-19)

 

Asimismo, enfatizó a los Colosenses: “Orando también juntamente por nosotros, que el Señor nos abra la puerta de la Palabra, para hablar el misterio de Cristo, por el cual aun estoy preso, para que lo manifieste como me conviene hablar” (RV 1909 Col. 4:3-4) También a los tesalonicenses les rogó: “Hermanos, orad por nosotros.” “Resta, hermanos, que oréis por nosotros, que la Palabra del Señor corra y sea glorificada así como entre vosotros: Y que seamos librados de hombres importunos y malos; porque no es de todos la fe” (RV 1909 1Ts. 5:25; 2 Ts. 3:1-2)

 

Y por supuesto, Pablo llamó a la iglesia de Corinto para que le ayudaran: “cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos.” (Cor. 2:11).

 

Igualmente, inculcó a los filipenses que todas sus aflicciones y oposición podían subordinarse a la extensión del Evangelio por al eficiencia de sus oraciones por él. Y Filemón, por medio de sus oraciones, preparó alojamiento para Pablo (ver Filemón 22). Pablo, pues, pide, anhela y aboga de una manera apasionada por la ayuda de todos los santos de Dios. Sabia que en la esfera espiritual, como en cualquier otra parte, la unción hace la fuerza; que la concentración y agregación de la fe, deseo y oración aumenta el volumen espiritual hasta llegar a ser abrumador e irresistible. Y es que la combinación de unidades de oración, semejantes a gotas de agua, hacen un océano que desafía la resistencia. Así, Pablo, con su clara y plena aprehensión de la dinámica espiritual, determinó hacer tan importante, tan eterno, tan irresistible como el océano por la acumulación de todas las unidades dispersas de oración, precipitándolas sobre su ministerio.

 

Esta actitud de Pablo ilustra su humildad y profunda visión interior de la proyección del Evangelio. Además, enseña una lección para todos los tiempos: la necesidad que tienen los ministerios de que oremos por ellos. Pablo no sintió que esta urgente súplica por la oración pudiera rebajar su dignidad, disminuir su influencia o desestimar su piedad. ¿Y que importa si acaso lo hizo? ¡Que se vaya la dignidad, que se destruya la influencia, que se manche la reputación! Lo que él anhelaba era únicamente contar con las oraciones intercesoras de los suyos…

 

Los que oran son, para el predicador, como Aarón y Hur fueron para Moisés, que sostuvieron las manos de aquel en alto y obtuvieron la victoria en la batalla que tan fieramente les rodeaba (ver Ex. 17:8-16) “Oren los hombre en todo lugar” (1 Ti. 2:8), este es el cuidado del esfuerzo apostólico y la nota clave del éxito del mismo.

 

 Jesucristo se había esforzado para hacer esto en los días de su ministerio personal. A sus discípulos les dijo: “Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt. 9:38; Lc. 10:2). Y dice también las Escrituras: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar,” (Lc. 18:1). Por tanto, si Cristo lo enseño así. ¿Quiénes somos nosotros para pasar por alto este imperativo divino? Oremos, pues, por el crecimiento espiritual de nuestros ministros, y la iglesia crecerá a la par de ellos.

El gran desafio

 

Hemos visto que los hombres que han hecho más para Dios en este mundo estuvieron muy temprano sobre sus rodillas. Pues es cierto que quien desperdicia la oportunidad y frescura de las primeras horas de la mañana en otras ocupaciones, que buscar a Dios hará poco progreso buscándole el resto del día…

 

Si Dios no es lo primero en nuestros pensamientos mañaneros, estará en el último lugar durante el día. Y es que detrás de este levantarse temprano y orar temprano esta en el deseo ardiente que nos presiona en el empeño de servir a Dios.

 

La negligencia matinal es, pues, la prueba palpable de un corazón negligente. El corazón que es descuidado en buscar a Dios en la mañana ha perdido su gusto por todo lo sublime y espiritual.

 

Un deseo en la búsqueda de Dios que no pueda romper las cadenas del sueño es una cosa débil y no hará sino poco bien en relación a Dios, después de haberse gratificado a sí mismo plenamente. Este anhelo por lo divino que hemos dejado atrás al principio del día, por la culpa del diablo y del mundo, nunca recuperará su lugar.

 

En cambio, el corazón de David era ardiente en seguir a Dios; tenía hambre y sed de Dios y, por eso, buscaba al padre temprano, antes de que amaneciera. El hecho y el sueño no podían encadenar su alma y su vehemencia de seguir a Dios.

 

Y Cristo nuestro máximo ejemplo, ansiaba la comunión con Dios; así, se levanto mucho antes de que amaneciera, e iba a la montaña a orar. De hecho, los discípulos, cuando estaban completamente despiertos y avergonzados de su abandono, sabían donde podían encontrarle.

 

Pero no es simplemente el levantarse temprano lo que coloca a los hombres en el frente de Dios y de la batalla, sino el ardiente anhelo que remueve y rompe todas las cadenas de indulgencia con el yo.

 

Empero de levantarse, sin duda, da expresión, incremento y fortaleza al anhelo. Esto es, si ellos se hubieran estado en la cama siendo indulgentes consigo mismos, el anhelo habría sido apagado. Sin embargo, el anhelo les levanto y les esforzó en seguir a Dios. Y este cuidado y acción al llamamiento dio a su fe apoyo en Dios, a sus corazones la dulcísima y plena revelación del Padre.

 

A su vez, esta fortaleza de fe y plenitud de revelación les hizo santos por eminencia y este halo de su santidad ha llegado hasta nosotros, quienes hemos entrado en el goce de sus conquistas.

 

Tomemos, no obstante, nuestra plenitud en gozo y no en producciones; es decir, nosotros construimos sus tumbas y escribimos sus epitafios, pero nos descuidamos de seguir su ejemplo.

 

Necesitamos una generación de hombres y mujeres valientes que busquen a Dios, para que Él pueda ser como el rocío para ellos, plenitud de alegría y fortaleza, a través de todo el calor y el trabajo del día.

 

Nuestra pereza en seguir a Dios es, en definitiva, nuestro clamoroso pecado. Los hijos de este mundo son más sabios que nosotros, pues al menos ellos están sobre sus asuntos temprano y tarde. Madrugan y trabajan y tienen bienes materiales. Mientras que nosotros no buscamos a Dios con ardor y diligencia y solo tenemos miseria espiritual.

 

Finalmente; ningún hombre alcanza a Dios si no sigue aprisa tras Él, y ninguna alma sigue aprisa a Dios si no le sigue desde muy de mañana…

 

Es posible que te sientas confrontado, pero. ¿Estás cómodo en tu condición actual? si eres siervo de Dios ¿No será que él desea que dejes de luchar con tus fuerzas y vuelvas a las sendas antiguas? Aunque tal vez digas que es muy alto el precio, pero; alguien dijo que nosotros edificamos nuestra propia historia, pero la verdad es que estos hombres solo se abandonaron a Jesús, y fue el quien escribió sus historias cuando decidieron hacer su voluntad.    Dios te bendiga

 

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Comentarios: 6
  • #1

    daniel lorenzo (lunes, 28 enero 2013 15:37)

    estas palabras son marabillosas fortalesen muchisimo

  • #2

    mabel juarez (miércoles, 15 mayo 2013 12:54)

    gracias por estos estudios tan importantes para la edificación del cristiano. muchas bendiciones!!

  • #3

    TATTIANA (viernes, 04 abril 2014 12:31)

    Excelente, claras, sencillas y directas...

  • #4

    enrriqe rruiz (martes, 24 junio 2014 15:33)

    gracias por estos estudios qe enrriq

  • #5

    victoria (miércoles, 09 septiembre 2015 08:37)

    Gracias a dios por estas lineas tan fuertes pero precisas gracias dios los vendiga

  • #6

    Elsi (domingo, 20 septiembre 2015 01:47)

    Gracias por esta Palabra que me ha confrontado una vez mas, y el accionar mas en la oracion.. Dios le siga dando sabiduria y revelacion de Su Palabra!! Bendiciones!

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