CARLOS FINNEY

Apóstol de avivamientos 1792-1875

 

En el siglo diecinueve había, cerca de la aldea de New York Mills, una fábrica de tejidos, movida por la fuerza de las aguas del río Oriskany. Cierta mañana los operarios conversaban, conmovidos, sobre el poderoso culto de la noche anterior, celebrado en el edificio de la escuela pública.

 

Poco después de comenzar a oírse el ruido de las máquinas, el predicador, un joven alto y atlético, entró en la fábrica. El poder del Espíritu Santo todavía permanecía sobre él. Al verlo, los operarios sintieron la culpa de sus pecados, al extremo de tener que hacer grandes esfuerzos para poder continuar trabajando. Al pasar cerca de dos muchachas que trabajaban juntas, una de ellas en el momento que enmendaba un hilo, fue presa de tan fuerte convicción que cayó al suelo llorando. Instantes después, casi todos los que estaban alrededor tenían lágrimas en los ojos, y en pocos minutos, el avivamiento pasó a todas las dependencias de

la fábrica.

 

El director, viendo que los operarios no podían trabajar, creyó que sería mejor que cuidasen de la salvación del alma, y ordenó que parasen las máquinas. La compuerta de las aguas se cerró y los noche. El escribió después sobre lo sucedido lo siguiente: "Cuando me desperté por la mañana, la luz del sol penetraba en mi aposento. No encontraba palabras para expresar mis sentimientos al ver la luz del sol. En ese mismo instante el bautismo del día anterior volvió sobre mí. Me arrodillé al lado de la cama y lloré del gozo que sentía. Pasé mucho tiempo sin poder hacer nada sino derramar mi alma delante de Dios."

 

Durante el día la gente se ocupó en hablar de la conversión del abogado. Al anochecer, sin que se hubiese anunciado ningún culto, se congregó una gran multitud en el templo. Cuando Finney narró lo que Dios había hecho en su alma, muchas personas se conmovieron profundamente; uno de los presentes sintió tanta convicción, que volvió a su casa olvidando el sombrero.

 

Cierto abogado afirmó: "No hay duda de que él es sincero, pero también es evidente que él enloqueció." Finney habló y oró con toda libertad. Durante algún tiempo se realizaron cultos todas las noches, con la asistencia de personas pertenecientes a todas las clases sociales. Ese gran avivamiento se esparció por muchos lugares vecinos.

 

Respecto de ese acontecimiento escribió: "Por ocho días (después de su conversión) mi corazón permaneció tan lleno, que no sentía deseos ni de comer ni de dormir. Era como si tuviese un manjar para comer que el mundo no conocía. No sentía necesidad de alimentarme ni de dormir... Por fin, me di cuenta de que debía comer como de costumbre y dormir cuanto me fuese posible. "Un gran poder acompañaba a la Palabra de Dios; todos los días me admiraba al notar cómo pocas palabras dirigidas a una persona, le traspasaba el corazón como una flecha. "No demoré mucho en ir a visitar a mi padre. El no era salvo; el único miembro de la familia que profesaba la religión era mi hermano menor. Mi padre me recibió en la puerta de entrada y me preguntó: '¿Cómo estás, Carlos?' Le respondí: 'Bien, padre mío, tanto de cuerpo como de alma. Pero, papá, tú ya estás entrado en años; todos tus hijos ya son adultos y están casados; sin embargo, nunca oí a nadie orar en tu casa.' El bajó la cabeza y comenzó a llorar, diciendo: 'Es verdad, Carlos; entra y ora tú mismo.' "Entramos y oramos. Mis padres quedaron muy conmovidos, y no mucho después, se convirtieron. Simi madre había alimentado alguna esperanza antes, nadie lo sabía."

 

Fue así como ese abogado, Carlos G. Finney, perdió todo el gusto por su profesión y se convirtió en uno de los más famosos predicadores del evangelio. Sobre su método de trabajo él escribió: "Di un gran énfasis a la oración, porque la consideraba indispensable, si realmente queríamos un avivamiento. Me esforzaba por enseñar la propiciación de Jesucristo, su divinidad, su misión divina, su vida perfecta, su muerte vicaria, su resurrección, el arrepentimiento, la fe, la justificación por la fe y otras doctrinas, las cuales tomaban vida mediante el poder del Espíritu Santo.

 

"Los medios empleados eran simplemente la predicación, los cultos de oración, mucha oración en secreto, evangelización personal intensiva y cultos para la instrucción de los interesados. "Yo tenía la costumbre de pasar mucho tiempo orando; creo que a veces oraba realmente sin cesar.

 

También vi que era muy provechoso observar frecuentemente días enteros de ayuno en secreto. En esos días, a fin de estar completamente solo con Dios, me iba al bosque, o me encerraba dentro del templo. .."

 

A continuación podemos ver cómo Finney y su compañero de oración, el hermano Nash "bombardeaban" los cielos con sus oraciones: "Casi a un kilómetro de distancia de la residencia del señor S... vivía cierto adepto del universalismo.

 

Debido a sus preconceptos religiosos rehusaba asistir a los cultos. Cierta vez el hermano Nash, que estaba hospedado conmigo en la casa del señor S... se retiró al bosque, para luchar en oración, solo, bien temprano de madrugada, según era su costumbre. En esa ocasión la mañana estaba tan serena que podía oírse cualquier sonido a gran distancia. El universalista al levantarse de madrugada, salió de casa y oyó la voz de quien oraba. Después dijo que percibió que se trataba de una oración, a pesar de que no llegó a comprender muchas de las palabras, pero sí reconoció quién oraba. Aquello le traspasó el corazón como una flecha. Sintió la realidad de la religión como nunca. La flecha permanecía en su corazón, y sólo encontró alivio creyendo en Cristo."

 

Respecto al espíritu de oración, Finney afirmó que "era común en esos avivamientos que los recién convertidos se sintiesen llevados del deseo de orar, hasta el punto de orar durante noches enteras, hasta faltarles las fuerzas físicas. El Espíritu Santo constreñía grandemente el corazón de los creyentes, y sentían constantemente la responsabilidad por la salvación de las almas inmortales. La seriedad de sus pensamientos se manifestaba en el cuidado con que hablaban y se comportaban. Era muy común encontrar creyentes reunidos en un lugar, arrodillados orando, en vez de estar platicando. "En cierta época en que las nubes de la persecución eran cada vez más negras, Finney, como era su costumbre en tales circunstancias, se sintió guiado a disiparlas, orando. En vez de enfrentar las acusaciones hablando en público o en privado, él oraba. Acerca de su experiencia, él escribió: "Alcé mis ojos a Dios con gran anhelo, día tras día, rogándole que me mostrase el plan que debía seguir, y me concediese la gracia para soportar la borrasca... El Señor me mostró en una visión lo que tenía que enfrentar. El se acercó tanto a mí mientras yo oraba, que mi carne literalmente se estremecía sobre mis huesos. Temblaba de la cabeza a los pies, con pleno conocimiento de la presencia de Dios."

 

Añadimos a continuación otro ejemplo, que copiamos de su autobiografía, de la manera en que el Espíritu Santo obraba en su predicación: "Al llegar a la hora anunciada para iniciar el culto, encontré el edificio de la escuela tan repleto de gente, que tuve que quedarme en pie cerca de la entrada. Cantamos un himno, es decir, la gente pretendía cantarlo. Sin embargo, como no estaban acostumbrados a cantar los himnos de Dios, cada uno gritaba como le parecía. No pude contenerme y me tiré de rodillas y comencé a orar. El Señor abrió las ventanas de los cielos, derramó el espíritu de oración y yo me puse a orar con toda mi alma. "No escogí ningún texto en particular, pero, al ponerme de pie, les dije: 'Levantaos, salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad.' Añadí, que había cierto hombre que se llamaba Abraham, otro llamado Lot... les conté entonces cómo Lot se mudó para Sodoma... un lugar que era excesivamente corrompido... Dios resolvió destruir la ciudad y Abraham oró por Sodoma. Pero los ángeles encontraron solamente un justo allí, cuyo nombre era Lot. Los ángeles dijeron: '¿Tienes aquí alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad, sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor contra ellos ha subido de punto delante de Jehová; por tanto, Jehová nos ha enviado para destruirlo.' "Al relatar yo esto, los oyentes se enojaron hasta el punto que me habrían azotado. En ese momento dejé de predicar y les expliqué que me había dado cuenta de que allí no se celebraba nunca ningún culto y que tenía el derecho de considerarlos corrompidos. Destaqué eso con más y más énfasis y, con el corazón lleno de amor, hasta no poder ya contenerme más.

 

"Después de hablarles de esa manera durante unos quince minutos, pareció envolver a los oyentes una tremenda solemnidad y comenzaron a caer al suelo, clamando y pidiendo misericordia. Si yo hubiese tenido en cada mano una espada, no habría podido derribarlos tan prontamente como iban cayendo. En efecto, dos minutos después de que los oyentes sintieron el impacto del Espíritu Santo al caer sobre ellos, casi todos estaban caídos de rodillas o postrados en el suelo. Todos los que podían articular palabras, oraban por sí mismos. "Tuve que dejar de predicar porque los oyentes no prestaban más atención. Vi al anciano que me había invitado a predicar, sentado en medio del salón, mirando a su alrededor, estupefacto. Grité bien alto para que él me oyese, porque había mucho ruido, y le pedí que orase. El cayó de rodillas y comenzó a orar con voz retumbante, pero la gente no le prestó ninguna atención. Entonces grité: — ustedes no están todavía en el infierno; quiero guiarlos a Cristo... — Mi corazón rebosaba de gozo al presenciar semejante escena. Cuando pude dominar mis sentimientos, me volví hacia un muchacho que estaba cerca de mí, conseguí llamar su atención y prediqué a Cristo, en voz bien alta, en su oído. Luego, al contemplar la cruz de Cristo, él se calmó por un momento y comenzó a orar fervorosamente por los otros. Después hice lo mismo con otra persona, y luego con otra y otra, y así continué ayudándolos hasta la hora del culto de la noche en la aldea. Dejé al anciano que me había invitado a predicar allí, para que continuase la obra con los que oraban.

 

"Al volver, había todavía tantos clamando a Dios, que no podíamos clausurar la reunión, la cual continuó durante el resto de la noche. Al amanecer el día, algunos todavía permanecían con el alma herida. No se podían levantar y, para dar lugar a las clases, fue necesario llevarlos a una residencia no muy distante. En la tarde me mandaron a llamar porque el culto aún no había terminado. "Sólo en esta ocasión llegué a saber la razón de por qué mi mensaje había enfadado al auditorio. Aquel lugar se lo conocía con el nombre de 'Sodoma', y en él habitaba un solo hombre piadoso, a quien el pueblo llamaba 'Lot'. El era el anciano que me había invitado a predicar."

 

Ya anciano, Finney escribió acerca de lo que el Señor había hecho en "Sodoma": "A pesar de que el avivamiento cayó tan repentinamente sobre ellos, el mismo fue tan radical, que las conversiones fueron profundas y la obra realizada, permanente y genuina. Nunca oí ningún comentario desfavorable al respecto."

 

No fue solamente en la América del Norte que Finney vio al Espíritu Santo caer sobre los oyentes y postrarlos en tierra. En Inglaterra, durante los nueve meses de evangelización allí, grandes multitudes — en cierta ocasión, más de dos mil personas de una sola vez — se postraron también mientras él predicaba.

 

Algunos predicadores confían en la instrucción e ignoran la obra del Espíritu Santo. Otros, con razón, rechazan tal ministerio infructífero y carente de gracia; oran para que el Espíritu Santo se haga cargo, y se regocijan con el gran progreso de la obra de Dios. Pero otros más, como Finney, se dedican a buscar el poder del Espíritu Santo, sin despreciar la ayuda de la instrucción, obteniendo con ello resultados increíblemente más grandes.

 

Durante los años de 1851 a 1866, Finney fue director del colegio de Oberlin  y enseñó a un total de 20 mil estudiantes. El daba más énfasis a la pureza del corazón y al bautismo en el Espíritu Santo, que a la preparación del intelecto. De Oberlin salió una corriente continua de alumnos llenos del Espíritu Santo.

 

Así, después de años de intensivo evangelismo y debido a sus esfuerzos realizados en el colegio, "en 1857, Finney veía la conversión a Dios de unas cincuenta mil almas todas las semanas" (By my Spirit, Jonatán Goforth, pág. 183). Los diarios de Nueva York, a veces casi no publicaban otras noticias, sino las del avivamiento.

 

Sus lecciones a los creyentes sobre avivamiento se publicaron primero en un periódico y después en un libro de 445 páginas que se tituló: "Discursos sobre avivamientos." Las primeras dos ediciones, de 12 mil ejemplares, se vendieron acabadas de salir de la prensa. Se imprimieron otras ediciones en varios idiomas.

Una sola casa editora de Londres publicó 80 mil ejemplares. Entre sus otras obras de circulación mundial se cuentan las siguientes: su "Autobiografía", "Discursos a los creyentes", y "Teología sistemática".

 

Los convertidos en los cultos de Finney eran constreñidos por la gracia de Dios a ir de casa en casa para ganar almas. El mismo se esforzó en preparar el mayor número de obreros en el colegio Oberlin. Pero el deseo que ardía siempre en todo lo que hacía, era transmitir a todos el espíritu de oración. Predicadores como Abel Cary y el Padre Nash viajaban con él, y mientras él predicaba, ellos continuaban postrados orando. Son de él las palabras siguientes: "Si yo no tenía el espíritu de oración, no conseguía nada, si por un día, o por una hora, yo perdía el espíritu de gracia y de súplicas, no podía predicar con poder y obtener resultados, y ni siquiera ganar almas personalmente."

 

Para que nadie juzgue que su obra fue superficial, citamos a otro escritor: "Se descubrió mediante una investigación a fondo, que más de 85 de cada cien personas que se convirtieron debido a la predicación de

 

Finney, permanecieron fieles a Dios, mientras que 75 de cada cien personas que se convirtieron en los cultos de algunos de los más importantes predicadores, luego se desviaron. Parece que Finney tenía el poder de impresionar la conciencia de los hombres respecto a la necesidad de vivir en santidad, de tal manera que produjo frutos más permanentes." (Deeper Experiences of Famous Christians, pág. 243).

 

Finney continuó inspirando a los estudiantes del colegio Oberlin hasta su muerte, a los 82 años. Hasta el fin su mente permaneció tan clara como cuando era joven y su vida nunca pareció tan rica en el fruto del

 

Espíritu y en la belleza de su santidad, como en esos últimos años. El domingo 16 de agosto de 1875 predicó su último sermón. Pero no asistió al culto de la noche. Sin embargo, al oír que los creyentes cantaban "Jesús, amante de mi alma, déjame volar a tu regazo", salió hasta la entrada de la casa y cantó, junto con los que él tanto amaba. Esa fue la última vez que cantó en la tierra. A medianoche se despertó sintiendo dolores punzantes en el corazón. De esos dolores había sufrido muchas veces durante su vida.

 

Sembró las semillas de avivamiento y las regó con sus lágrimas. Todas las veces que recibió el fuego de la mano de Dios, fue con sufrimiento. Finalmente, antes del amanecer, se durmió en la tierra, para despertar en la gloria de los cielos. Faltaban solamente trece días para que cumpliera sus 83 años de vida aquí en la tierra.

 

(Este relato es extraídos de Las Memorias de Charles Finney)

“Cuando arribamos nos encontramos que la espaciosa sala de la parte delantera de la casa se encontraba abarrotada de gente. El señor Gillett miró a la multitud sorprendido y con manifiesta agitación, pues se dio cuenta de que la reunión estaba compuesta por muchos de los más inteligentes e influyentes miembros de su congregación, y que estaba especialmente constituida por el primer rango de los hombres jóvenes del lugar.

 

Teníamos pocos instantes intentando conversar con los asistentes cuando noté enseguida que el sentimiento era tan profundo que había el riesgo de un estallido emocional casi incontrolable. Fue por esto que le dije al señor Gillett: “No es bueno que la reunión continúe de esta manera. Haré algunas observaciones, las que les sean necesarias a estas personas, y luego las despediré; mandándoles a que supriman sus sentimientos, para que de esa manera no se produzcan clamores en las calles cuando se conduzcan a casa”.

 

No se hizo o dijo nada como para crear tal agitación en la reunión. El sentir fue espontáneo. La obra era tan poderosa que tan solo unas pocas palabras podían hacer que los más fornidos de los hombres se retorcieran en sus asientos como si una espada les hubiera traspasado el corazón. Para alguien que jamás ha visto una escena semejante quizás resulte imposible entender el tremendo poder que tiene a veces la verdad en manos del Espíritu Santo. La verdad se había constituido, de hecho, en una espada de dos filos. El poder que ésta produce cuando es presentada como escrutadora en unas pocas palabras, puede crear una angustia tal que resulta insoportable.

 

El señor Gillett se agitó sobremanera. Se puso pálido y dijo, con mucha agitación: “¿Qué haremos? ¿Qué haremos?” Puse mi mano sobre su hombro y le dije susurrando: “Quédese en silencio. Quédese en silencio, señor Gillett”. Luego me dirigí a los presentes en la forma más gentil y clara que pude; pidiéndoles poner su atención de manera inmediata en el único remedio disponible, asegurándoles que tal remedio era uno presente y totalmente suficiente. Les señalé a Cristo como salvador del mundo, y me mantuve en esa línea tanto como pudieron soportarlo, que de hecho fue unos pocos instantes. El hermano Gillett se agitó a tal extremo que me acerqué a él y tomándole del brazo, le dije: “Oremos”. Nos arrodillamos en medio del salón en el que nos encontrábamos y conduje la oración en una voz baja y desapasionada, mas  intercediendo ante el Salvador para que interpusiera su sangre en uno y otro lugar, para que guiara a los pecadores presentes a aceptar la salvación que Él ofrece y para que creyeran, para que así fueran salvas sus almas.

 

La agitación se profundizaba a cada instante, y mientras escuchaba sus sollozos, suspiros y su respirar, cerré la oración y me puse de pie súbitamente. Todos se pusieron de pie y les dije: “Ahora, por favor, vayan a casa sin hablar ni una palabra entre ustedes. No digan nada, traten de mantenerse en silencio, y no rompan en manifestaciones de sentimientos; y así, sin hablarse entre ustedes y teniendo sus sentimientos bajo control, por favor, vayan a sus habitaciones sin decir palabra”.

 

… Hicieron lo que les pedí y salieron sin gritar, sollozando y suspirando. Pero esos sollozos y suspiros podían escucharse a medida que iban por las calles. El señor Wright, de quien me he referido, me dijo más tarde que su angustia era tan grande que tuvo que taparse la boca haciendo uso de toda la fuerza de sus brazos hasta que llegó a casa. Permaneció en silencio hasta que cruzó la puerta del lugar donde vivía, y no pudo contenerse más. Cerró la puerta, cayó al piso y estalló en altos lamentos ante la terrible condición en la que se encontró. Esto hizo que su familia le rodeara enseguida, y la convicción se esparciera sobre ellos.

 

Supe después que escenas similares a esta se produjeron en varias familias. Se confirmó más tarde que varios se convirtieron en la reunión y se fueron a sus casas tan llenos de gozo que casi no podían contenerse.

 

A la mañana siguiente, apenas se hizo de día, la gente comenzó a llamar a la puerta del señor Gillett, pidiendo que fuésemos a visitar a sus familias, a quienes describían como inmersas en la más grande de las convicciones. Tomamos un desayuno rápido y empezamos las visitas. A penas salimos a las calles la gente corría hacia nosotros desde las casas y nos rogaban que entráramos a sus hogares. Como solo podíamos visitar un lugar a la vez, cuando entrábamos a una casa los vecinos se apresuraban a entrar y llenaban el salón más grande. En poco tiempo les dábamos instrucciones y luego nos dirigíamos a otra casa y la gente nos seguía. Encontramos que el estado de las cosas era extraordinario. La convicción era tan profunda y general que en ocasiones entrábamos a una casa y hallábamos a algunos de rodillas, a otros postrados en la alfombra, y a otros mojando las sienes de sus amigos con alcanfor y frotándoles para impedirles desmayar, pues temían por sus vidas.

 

Visitamos, conversamos y oramos de esta manera de casa en casa hasta el mediodía. Luego le dije al señor Gillett: “Así nunca terminaremos, debemos tener una reunión para aquellos que estén preocupados por sus almas. No podemos ir de casa en casa; y no podemos satisfacer las necesidades de todos”. Él estuvo de acuerdo, pero se levantó la cuestión de dónde realizar tal reunión. Un señor de apellido Flint, quien era un hombre religioso, mantenía al momento un hotel en la esquina del centro del pueblo. Allí tenía un comedor largo y grande…

 

Vimos que la gente se apresuraba y que algunos de hecho corrían a la reunión. La gente venía de todas direcciones. Para cuando llegamos al lugar, el salón, aunque era grande, estaba lleno a su máxima capacidad. Gente de ambos sexos y de todas las edades habían abarrotado el establecimiento. Esta reunión fue muy parecida a la que habíamos tenido la noche anterior. El sentimiento era impresionante. La Palabra de Dios era verdaderamente la espada del Espíritu; y algunos hombres del más fuerte de los temples fueron de tal modo atravesados por las observaciones hechas que se encontraron incapaces de sostenerse y debieron de ser llevados a casa por sus amigos. Esta reunión duró hasta casi llegada la noche y tuvo como resultado un gran número de conversiones llenas de esperanza, y fue el medio para extender la obra grandemente hacia todos lados.” 

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Comentarios: 8
  • #1

    alfredo (viernes, 22 febrero 2013 22:40)

    la verdad me gusta mucho leer como DIOS utiliza a sus hijos, y su misericordia atravez de la oracion, DIOS es muy bueno que le permitio a finney ver su poder y su amor alos hombres, que linda fue su experiencia me gustaria vivirla

  • #2

    jorge quiroga (viernes, 27 septiembre 2013 16:59)

    MARAVILLOSO TESTIMONIO DEL HNO FINNEY , CUANTO ME GUSTARIA TENER LO QUE EL TUVO !! Y GRACIAS POR ESTOS COMENTARIOS !!

  • #3

    adrian (viernes, 29 noviembre 2013 09:44)

    ...gracias hnos., por preocuparse de mentener vivos los recuerdos de hnos con estos hèroes de la fè, cuanta falta hacen estos ministros hoy, que el Dios de paz les siga bendiciendo.

  • #4

    ESTUARDO VELIZ (domingo, 02 marzo 2014 08:14)

    DIOS LES BENDIGA . . MUY INTERESANTE . SI TODOS SINTIERAMOS ESE DESEO DE ACERLO QUE DIFERENTE SERIA NUESTRO PAIS Y NUESTRA FAMILIA

  • #5

    pastor Carlos Ibarra (viernes, 07 noviembre 2014 02:29)

    leer estos comentarios es una inspiracion para los que servimos al SEÑOR anelamos ese avivamiento en este tiempo para que el mundo cambie

  • #6

    jair (miércoles, 07 enero 2015 04:07)

    por favor cambienle en fondo o el color de las letras ala pagina para poder tener una mejor lectura

  • #7

    Elvin (miércoles, 04 marzo 2015)

    Le doy gracias a Dios por su amor para con nosotros y por usar a estos hermanos y traer el reino y la voluntad de Dios a nuestras vidas.
    Bendiciones

  • #8

    Paty (viernes, 21 octubre 2016 00:03)

    Muchas gracias por compartir estos testimonios de poder que nos inspiran. Dios quiera levantar en esta generación hombres y mujeres de este temple.

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Hola, unción de lo alto les desea hermosas y abundantes bendiciones y que el Dios de toda gracia les conceda las peticiones de sus corazones, les animamos a que sigamos adelante con nuevos propósitos y proyectos en Cristo para la honra y gloria de su santo nombre, a no escatimar esfuerzos sabiendo que la obra de nuestras manos no es en vano, por lo que ponemos en sus manos estos pequeños panes y peces y que el Señor lo multiplique en su corazon, y como dice su palabra, no nos cansemos de sembrar que a su tiempo segaremos, bendiciones a todos nuestros Hnos, amigos y siervos en Cristo, asi, como a toda la familia en la fé les deseamos los pastores  Martha  y Daniel. Iglesia Mundo de fe Renacimiento en Acapulco Gro.

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