UN MISIONERO EN LA JUNGLA

Bruce Olson

 

Yo tenía catorce años cuando tuve mi primera conversación real con Jesús. Durante días, había estado pensando en Él, preguntándome repetidamente: ¿Quién es mi Dios? Entonces, decidí leer más del Nuevo Testamento. Comencé: "Jesús, he leído sobre cómo todos los que se encontraron contigo quedaron satisfechos. Ahora yo quiero esa misma satisfacción. Quiero paz y satisfacción como Pablo, Juan, Santiago y los otros discípulos. Quiero ser liberado de todos mis temores y...". En ese momento, sentí una presencia, una calma, en el cuarto. Era al mismo tiempo pequeña y calmada, inmensa y poderosa, que lo cubría todo. Enseguida, supe que algo estaba cambiando y que nunca quería que esa paz, esa calma, se fuera.

 

 La paz seguía ahí hasta dos años después, cuando asistí a mi primera conferencia misionera. El Sr. Rayburn, un hombre bajito que vestía una camisa de brillantes lunares verdes y gastados tenis, habló sobre las personas en Nueva Guinea que nunca habían oído del amor de Jesucristo. Aquello avivó algo dentro de mí. Por increíble que pareciera, Dios me estaba llamando a ser misionero. Debido a mi fascinación por los idiomas, yo había soñado con llegar a ser un profesor de lingüística; y así, durante los siguientes meses, resistí el llamado de Dios. Pero gradualmente, Él comenzó a cambiar mi corazón; y a medida que mi interés por otros países y culturas aumentó, me encontré a mí mismo atraído hacia Sudamérica y los pueblos nativos de dos países en particular: Colombia y Venezuela.

 

 Esto explica cómo, en otros tres años y con las objeciones de mis padres, me encontré a mí mismo en un pequeño aeropuerto venezolano, un muchacho de diecinueve años y sin ningún amigo, sin conocimiento del idioma local, y solamente diecisiete dólares en efectivo. Mirando atrás, puedo ver por qué las personas pensaban que yo estaba loco. Sin embargo, desde aquel desfavorable comienzo, aunque yo no lo entendía entonces, Dios siguió guiándome hacia el siguiente paso correcto.

 

 Dios me guió

 

 Dios me guió a un médico que trataba a los indios a lo largo del río Orinoco. Él me guió a mi primera reunión con una tribu de indios, con los cuales me quedé durante tres semanas. Él me guió a mi primer empleo en Sudamérica, el cual era enseñar inglés a los estudiantes universitarios en Caracas. Y mediante el hombre que me contrató para enseñar, Él me mostró por qué me había llevado a Sudamérica.

 

 "¿Has oído alguna vez de la tribu de los motilones?", me preguntó un día ese hombre, Miguel Nieto. Me explicó que el principal contacto entre la tribu de los motilones y la civilización vino en forma de flechas. Nadie había aprendido nunca nada del idioma de los motilones, ni tampoco nadie se había acercado a ellos lo suficiente como para describir su cultura física. Aquellos indios vivían en los bosques del Maracaibo, asentados en los Andes, en la frontera entre Venezuela y Colombia.

 

 Sólo las importantes empresas petroleras habían parecido interesarse en esa región. Cada vez que sus empleados entraban en territorio de los motilones, les disparaban con flechas. Muchos habían sido heridos por las flechas; muchos habían muerto.

 

 Habría tenido sentido olvidarse de los motilones, pero yo no pude. Una curiosidad que me remordía y me turbaba se apoderó de mí. Y no se iba, a pesar de lo persuasivo que era el argumento que utilicé contra ella.

 

 Me pregunté: ¿Pero qué puedo hacer yo por un grupo de indios primitivos? No importaba lo que yo pensara que podía hacer. En lo más profundo de mi ser, de alguna manera sabía que Dios quería que yo fuera a ellos.

 

 No pasó mucho tiempo antes de que hiciera mi equipaje con provisiones para una semana, fuera en autobús a una pequeña ciudad en las estribaciones de los Andes, comprara una mula, y partiera hacia la selva. Tenía buen ánimo, y estaba contento y emocionado por mi nueva aventura. Dos días después, me encontré con unas cuantas cabañas que formaban un poblado indio, y pensé que eran los motilones. Sin embargo, pronto descubrí que eran parte de otra tribu llamada yuko. Viví con aquellos indios durante meses, y aprendí cada vez más de su lenguaje y su cultura. Yo no conocía el modo de hacer las cosas en la jungla, pero por medio de los yukos gradualmente comencé a adquirir las capacidades necesarias para sobrevivir.

 

 Finalmente, sentí que estaba preparado para perseguir la misión que Dios había puesto en mi corazón. Les pedí a los yukos

 

 —Oh, no, no nos acercamos a ellos. Nos matarían—dijo uno de ellos. Yo insistí. —Bien—dijo el mismo—, hay una aldea yuko al sur de aquí. Quizá ellos te lleven. Puedes intentarlo allí.

 

 Y así, viajé desde un poblado yuko hasta otro, tratando de encontrar a alguien que me llevara hasta los motilones. En julio de 1962, conocí a un fuerte joven indio que tenía la reputación de estar dispuesto a hacer cualquier cosa si podía obtener un beneficio de ello. Como a los yukos les gustaba lo brillante, lo convencí para que me llevara, al ofrecerle un collar hecho con la cremallera de mis desgastados pantalones.

 

 Partimos con otros seis yukos al día siguiente, y mantuvimos un ritmo firme durante una semana. Finalmente, llegamos a una cadena montañosa que me dijeron que daba a un hogar de los motilones.

 

 De repente, los yukos se detuvieron y elevaron sus cabezas como para oler el viento. Estuvieron quietos como estatuas. Yo no había oído ningún sonido, pero también me quedé quieto, y escuchaba cómo mi respiración se oía: con demasiado ruido, pensé. No oí nada más.

 

 Entonces, como en un sólo movimiento, todos los yukos salieron corriendo por el mismo camino por el que habíamos llegado. Yo me quedé anonadado durante un momento. Luego fue que, torpemente, corrí tras ellos, y me preguntaba de qué exactamente estaba huyendo. Corrí hasta llegar directo a unas enredaderas. Me caí. Quedé de bruces, logré levantarme, y volví a quedar atrapado en las espesas enredaderas. De repente, sentí un agudo dolor en el muslo, y todo mi cuerpo quedó sin fuerzas.

 

 Me había alcanzado una flecha. Finalmente, había encontrado a los motilones; o más bien, ellos me habían encontrado.

 

 Los motilones no me mataron, pero fui su prisionero. Pasé un miserable mes confinado a una alfombra en su casa comunal, un alto montículo marrón de cañas y hojas de palmera y paja que se parecía a una colmena desde el exterior. Mi pierna estaba infectada por donde había entrado la flecha. Las glándulas de mi ingle estaban hinchadas. Estaba débil, y tenía diarrea.

 

 Mis impresiones iniciales sobre los motilones no fueron favorables. En un principio, no me ofrecieron nada para comer. Las mujeres motilonas me ignoraban, y la mayoría de los hombres parecía cruel. Me pinchaban con flechas y se reían cuando yo saltaba. Solamente uno de los indios me mostró algo de bondad, un hombre con una risa fuerte y distintiva y una pequeña cicatriz al lado de su boca. Cada día que él regresaba de cazar, sonreía y me decía algo. A veces, me llevaba comida.

 

 Mi estado empeoraba. La verdad fue que pensé que no sobreviviría sin ayuda médica, y, aquella noche, cuando los indios estaban dormidos, salí a hurtadillas de la casa, encontré un río y me dirigí corriente arriba hacia las montañas. Con fiebre, hambre y miedo, caminé durante días. Finalmente, cuando estaba casi listo para tirar la toalla, me crucé con un par de colonos que estaban talando un árbol. Supe que había cruzado la frontera y que ahora estaba en Colombia. Había escapado de la tribu de los motilones.

 

 Me había alcanzado una flecha. Finalmente, había encontrado a los motilones; o más bien, ellos me habían encontrado.

 

 Los motilones no me mataron, pero fui su prisionero. Pasé un miserable mes confinado a una alfombra en su casa comunal, un alto montículo marrón de cañas y hojas de palmera y paja que se parecía a una colmena desde el exterior. Mi pierna estaba infectada por donde había entrado la flecha. Las glándulas de mi ingle estaban hinchadas. Estaba débil, y tenía diarrea.

 

 Mis impresiones iniciales sobre los motilones no fueron favorables. En un principio, no me ofrecieron nada para comer. Las mujeres motilonas me ignoraban, y la mayoría de los hombres parecía cruel. Me pinchaban con flechas y se reían cuando yo saltaba. Solamente uno de los indios me mostró algo de bondad, un hombre con una risa fuerte y distintiva y una pequeña cicatriz al lado de su boca. Cada día que él regresaba de cazar, sonreía y me decía algo. A veces, me llevaba comida.

 

 Mi estado empeoraba. La verdad fue que pensé que no sobreviviría sin ayuda médica, y, aquella noche, cuando los indios estaban dormidos, salí a hurtadillas de la casa, encontré un río y me dirigí corriente arriba hacia las montañas. Con fiebre, hambre y miedo, caminé durante días. Finalmente, cuando estaba casi listo para tirar la toalla, me crucé con un par de colonos que estaban talando un árbol. Supe que había cruzado la frontera y que ahora estaba en Colombia. Había escapado de la tribu de los motilones.

 

Pasaron varios días a través de la selva tropical, descansando apenas. Los árboles crecían en tal profusión que rara vez podían ver el sol. Los ríos constituían un gran problema, el terreno era pantanoso. Al séptimo día de haber iniciado el viaje, todos caminaban sin decir palabra. De pronto los yukos se quedaron quietos, escuchando, y luego en un solo movimiento todos comenzaron a correr. Olson quería hacer lo mismo pero se enredo entre unas llanas, de pronto sintió una puntada en una pierna y vio que lo atravesaba una flecha, quiso pararse pero se vio rodeado de hombres con arcos y flechas apuntándolo. Al ver esto grito en el dialecto yuko, en castellano y en latín, los minutos parecían interminables. De pronto se acercó uno, le quitó la flecha y le apunto para que se levantara. La marcha a la aldea duró tres horas.

 

 Cuando llegó vio como una inmensa colmena de 15 mts. Lo introdujeron y lo dejaron ahí. De la herida supuraba pus, la cadera estaba hinchada y los ganglios de las axilas estaban tan hinchados que no podía bajar los brazos. Así paso los días afiebrado, sin comer y su diarrea seguía.

 

 Estaba terriblemente hambriento, la cadera le dolía hasta los huesos, todo daba vueltas. Comenzó a llorar, y oró como hacía mucho no oraba. Dios en ese momento lo reconfortó. Le hizo saber que estaba haciendo lo que Él quería que hiciera.

 

 Cierto día se le acercó un chico que le ofreció larvas para comer, dudó pero las comió, inesperadamente así como entraron, salieron. Al rato le ofreció pescado ahumado, lo comió y esta vez el estómago lo soportó. Cuando podía permanecer despierto veía como las mujeres se ocupaban de sus tareas. Un hombre tomó la determinación de protegerlo. Cada vez que él llegaba todos se hacían a un lado. Tenía una risa estruendosa y característica. Cuando volvía de cazar, era él el me le daba de comer, se acercaba y le decía algo. Así paso un mes, apenas podía moverse, pero un día supo que debía irse, Dios así lo quería.

 

 Esa noche silenciosamente, se levantó temblando un poco debido al mareo. Llego hasta la puerta, sin que nadie se diera cuenta, con un poco de miedo se dirigió al sendero que lo llevaba a las montañas.

 

 Se internó en la selva encontró un río donde limpió la herida, buscó algo para comer pero solo encontró plantas venenosas. Caminó por cuatro días, ardía en fiebre, los pies los tenía hinchados de trepar por las piedras filosas, el estómago le dolía de hambre, estaba cerca de un arroyo tiritaba de fiebre. De pronto vio algo que se movía en el agua, lo agarró era un racimo de bananas maduras. Eso lo hizo recobrar fuerzas y siguió hasta la cima, ahí no divisó nada más que árboles, se dejó caer.

 

 Meditó sobre las bananas y consideró que Dios no lo había abandonado, le proveía en el momento que lo necesitaba, así que pesadamente se incorporó y siguió con la certeza de que encontraría alguien. En la distancia vio que algo se movía, eran dos hombres hachando un árbol, desesperadamente les gritó.

 

 Estos hombres lo llevaron a la casa, le dieron alimento, lo curaron y para su sorpresa estaba en Colombia. Poco a poco recobró las fuerzas y con el escaso dinero que había podido guardar en el tiempo que pasó en la selva, pudo comprar un pasaje que lo dejaría a mitad de viaje a Bogotá.

 

 Pero no estuve lejos por mucho tiempo. Comencé a recuperar mis fuerzas y finalmente emprendí mi camino hacia la capital de Colombia, Bogotá. Me gustó mucho Bogotá. Era maravilloso volver a poder hablar de modo inteligible con la gente. Sin embargo, cuando recuperé la salud, me encontré pensando cada vez más en los motilones. Cuando me preguntaban acerca de mis aventuras, yo describía al pueblo de los motilones y el modo en que vivían, en lugar de relatar lo que me había sucedido. No tenía sentido, en términos de lo que yo había pasado con ellos, pero me encantaba ese pueblo por quiénes eran ellos. Dios me había conducido allí, y comprendí que Dios me llevaría de regreso.

 

En el trayecto subieron unos soldados que buscaban a unos comunistas y como él no tenía documentos lo detuvieron para llevarlo a Bogotá y le dieron comida. Dios seguía obrando porque sin dinero comía y era llevado al lugar que quería ir.

 

 Luego de varios interrogatorios, el jefe encargado del departamento de indios, creyó que había estado con los yukos, pero no podía comprobar que había estado con los motilones, de todas maneras se responsabilizó por él para que pudiera obtener documentos y también le dio dinero.

 

 Vivió con un matrimonio norteamericano, paseaba por Bogotá y cada vez se sentía con más fuerzas. Se preguntaba porque debía volver y como haría para realizar la obra, pero le dijo a Dios que se lo dejaba en sus manos, que cuando quisiera pondría los medios para volver.

 

Pronto, conocí un ejecutivo de una empresa petrolera. Se ofreció a incluirme en un avión de la empresa que iría por el área de los motilones. Iba a la jungla.

 

 Y así fue, un día conversando con el gerente general de la compañía donde trabajaba el matrimonio, sobre los indios, le ofreció llevarlo hasta una zona cercana, ya que un avión iba a ir al día siguiente. Acepto rápidamente era la señal que esperaba, recordó su oración.

 

 Acampé en territorio motilón, y dejé regalos a lo largo de los senderos para mostrar que había llegado en son de paz. Los días se convirtieron en semanas. Después de dos meses de impaciente espera a que algo sucediera, los regalos desaparecieron. Se sustituyeron por cuatro largas flechas en el camino, como advertencia de los motilones de que debería huir para salvar mi vida.

 

 Algo en mi interior se quebró. Dios podía hacer lo que Él quisiera con aquellos indios; ¡yo ya había tenido bastante! Corrí hacia mi campamento, agarré mi hacha y corrí hacia el río. Comencé a cortar un árbol de balsa. Haría una balsa y saldría de allí flotando.

 

 Trabajé con frenesí. Pronto, el árbol se movió y cayó crujiendo al río. De inmediato, proseguí con un segundo árbol, metiendo profundamente el hacha en su tronco. También cayó. Me acerqué a un tercero.

 

 Entonces levanté la vista. Allí estaban los motilones: eran seis, con las cuerdas de sus arcos tensadas y sus flechas que apuntaban directamente hacia mí. Sin pensarlo, dejé caer mi hacha y determiné ocultarme tras un árbol. Desde allí me asomaba para verlos. Ellos no parecían tener ninguna inclinación a hacerme mal. Sólo esperaban, con sus arcos preparados.

 

 Salí de detrás del árbol. Levanté mis manos y mostré que estaban vacías. Mi enojo se había ido. Observé sus rostros para ver alguna señal, y mis manos temblaban ligeramente.

 

 Lentamente, ellos relajaron sus arcos. Uno de ellos dio un paso adelante. Yo miré atentamente. Él tenía una pequeña cicatriz en un lado de su boca.

 

 Le sonreí, y esperé que me reconociera, y él me devolvió la expresión. Sonreí más, y lo mismo hizo él. ¡Él me reconoció! Le dijo una palabra a los otros hombres, y ellos se relajaron. Luego, él comenzó a reírse muy fuerte. Era la clase de risa por la que yo lo había conocido al otro lado de las montañas. En mi primera "visita" a los motilones, él había sido la única persona amigable que había encontrado. Ahora, lo había vuelto a encontrar.

 

 Parecía que Dios seguía teniendo un propósito en mente para mí allí.

 

Cuando llegó al hogar comunitario causó gran conmoción, todos se acercaron, lo tocaban, les extrañaba el vello de los brazos y piernas, ellos eran lampiños. Tiraban de su camisa y de los pantalones, para averiguar si era parte del cuerpo. Ellos se reían mientras lo hacían, dolía todos los tirones pero comenzó a reírse con ellos.

 

Aquella vez fui aceptado en la comunidad de los motilones. Me permitieron usar una hamaca en la choza para dormir, y hasta me pusieron un nombre tribal, "Bruchko", que era lo más cerca que los indios podían llegar para pronunciar "Bruce Olson". En la noche escuchaba el silbante idioma de los motilones, pronto los entendería……

 

 Pasaron muchas cosas, algunas agradables otras no tanto. Él encontró el amigo hermano que necesitaba, y a la vez murió a causa de Cristo. Toda la tribu conoció y aceptó a Jesús en sus corazones, tradujo el Nuevo Testamento en el dialecto motilón…

 

 Una de las cosas que rescato es que Bruce Olson a pesar de no seguir con los reglamentos establecidos por la iglesia, realizó la tarea que le fue encomendada. Dios obra de manera diferente y maravillosa.

 

 Posiblemente muchos deban depender de una organización que los apoye, y quizás sea conveniente, la tarea sea más fácil y rápida… pero en definitiva es Dios quien decide como y cuando se hace. Sólo hay que escuchar que nos dice a cada uno.

 

He aquí varias porciones del libro “POR ESTA CRUZ TE MATARÉ”, un documento sin precedentes en lo que respecta a las misiones.

 

Proezas de la fe

 

Las leyendas motilonas hablaban de un hombre alto con cabello amarillo, el cual vendría y les haría salir a Dios desde el tallo de un bananero. Bruce Olson presentía que él estaba en el centro de esas profecías. Pero, ¿cómo habría de compartirles los misterios de la fe verdadera en términos que ellos pudiesen comprender? Más bien, ¿cómo se las arreglaría Dios para revelarse en Jesús a esa tribu ancestral e indómita? He aquí la extraña forma como Dios lo hizo.

El canto del motilón

 

Se corría la voz que jamás un hombre blanco había salido vivo del territorio de los motilones, uno de los pueblos aborígenes más enigmáticos y peligrosos de Colombia. Sin embargo, en 1966, se cumplían ya cuatro años que Bruce Olson –un estadounidense de 25 años de edad– vivía como uno más entre ellos. Hacía seis años que Olson había iniciado la gran aventura de su vida dejando su casa paterna con unos pocos dólares en el bolsillo, con un destino incierto, pero con un fuerte llamamiento a evangelizar alguna tribu pagana de Sudamérica.

 

Pero, aunque tras esos cuatro años de convivir con los motilones Olson podía sentirse satisfecho de la ayuda entregada en cuanto a crear hábitos de higiene y salud, él sabía que lo que más necesitaban era conocer a Jesús. ¿Cómo hacer para mostrárselo tal cual era, salvando las grandes diferencias culturales?

 

A esta altura conocía demasiado sobre las creencias de los motilones, y sabía que para ellos no tendría ningún sentido lo que él pudiera decirles sobre Jesucristo. Tendría que ser el propio Jesucristo quien lo hiciera. Así que un día oró de la siguiente manera: “Oh, Jesús, esta gente te necesita. Muéstrate a ellos. Quítame del camino y háblales en su propio idioma para que puedan verte tal como eres. Oh, Jesús, hazte un motilón.”

 

Muy pronto llegaría la oportunidad de hacerlo.

 

El tallo bananero de Dios

 

Un día iba llegando Olson y tres motilones –uno de ellos era su amigo, Bobarishora (Bobby)– al hogar comunitario en medio de la selva, cuando escucharon alaridos desgarradores. Olson nunca había oído llorar a los motilones de esa manera, pues no eran expresivos. Preguntó a sus compañeros qué podría ser, pero ellos bajaron la vista y dijeron que no había nada que pudieran hacer.

 

Olson decidió ir él mismo a investigar: Eran sólo dos hombres los que hacían el alboroto. Uno de ellos estaba parado frente a un pozo de dos metros de hondo que había cavado, y gritaba con desesperación:

 

— Dios, Dios, sal de este agujero.

 

El otro estaba encaramado en lo alto de un árbol, y gritaba:

 

— ¡Dios, Dios, ven desde el horizonte!

 

Aunque el espectáculo era casi cómico, Olson percibió que no era para la risa. Uno de sus acompañantes le explicó que el hermano del hombre junto al pozo había muerto muy lejos de su hogar. Lo mordió una víbora venenosa y murió antes de poderlo trasladar. Y eso significaba, de acuerdo a sus creencias, que su idioma, su espíritu y su vida nunca podrían alcanzar a Dios más allá del horizonte. Ahora, el hombre clamaba a Dios pidiéndole que le devolviera la vida a su hermano.

 

La desolación y la desesperanza tiñeron todo el ambiente. En ese momento, Olson entendió que Dios le había traído hasta aquí para que les dijera dónde podían hallarlo. Así que oró intensamente en su interior.

 

Al verlos, el hombre del pozo dejó de gritar y se acercó a ellos:

 

— Es inútil –dijo– Nos engañaron.

 

— ¿Por qué dices eso? – le preguntó Olson.

 

El hombre le refirió la historia de un falso profeta que los había apartado de Dios.

 

— No conocemos más a Dios – agregó en voz baja.

 

Olson vio el desconsuelo de ese hombre y recordó el día en que Cristo había entrado en su vida, varios años atrás. Dios le había traído la paz y le había dado un claro sentido y propósito a su vida.

 Aquí estaban ahora estos motilones en la búsqueda de Dios. ¿Cómo explicarles cosas como la gracia, el sacrificio y la encarnación? Podía contarles una historia sencilla y comprenderían. Pero, ¿cómo comunicarles estas verdades espirituales?

 

En eso, el hombre que estaba en el árbol bajó y se les unió. Les recordó la leyenda sobre el profeta que llegaría portando tallos de bananero, y de cómo Dios saldría de uno de esos tallos. Olson pidió que le explicasen.

 

Bobby caminó hacia un bananero que crecía cerca, cortó un pedazo y lo arrojó a sus pies.

 

— De un tallo parecido a éste puede salir Dios – le dijo.

 

Uno de los motilones lo levantó y le dio un golpe con un machete, cortándolo accidentalmente por la mitad. Una de las mitades quedó parada mientras que la otra mitad cayó. Algunas hojas, que todavía estaban dentro del tallo, esperando desarrollarse y salir, se desholle-jaron. Al quedar así en la base del tallo, semejaban las páginas de un libro.

 

De pronto una palabra estalló en la mente de Olson: ¡Libro! ¡Libro!

 

Abrió su mochila, sacó su Biblia y la abrió. Hojeando sus páginas se la mostró a los hombres y señaló las hojas del tallo bananero. Les dijo que ese era el tallo bananero de Dios.

 

Uno de los motilones le arrebató la Biblia de la mano y comenzó a arrancarle las hojas y a metérselas en la boca. Creyó que si las ingería, se metería a Dios adentro.

 

¿Cómo les explicaría ahora el evangelio?

 

Una metáfora de la encarnación

 

De pronto recordó una de las leyendas de ellos sobre un hombre que se transformó en hormiga.

 Según la leyenda, cierta vez estaba un motilón sentado en un sendero luego de una partida de caza, observando a unas hormigas que trataban de construir un buen hogar. Trató de ayudarles, pero debido a su enorme tamaño y al hecho de ser un desconocido, las hormigas se asustaron y huyeron. Entonces él, milagrosamente, se transformó en hormiga. Vivió con ellas y luego le dispensaron su confianza.

 

 Un día les dijo que en realidad no era hormiga, sino un motilón, y que en cierta oportunidad, siendo un hombre, había querido ayudarles a mejorar su casa pero que ellas se habían asustado. Las hormigas se rieron de él porque no se parecía en nada a ese terrorífico ser que las había asustado. Pero en ese preciso instante volvió a ser un motilón y comenzó a ayudarles a construir su vivienda. Esta vez las hormigas lo aceptaron sin temor.

 

Olson usó la palabra que significaba “transformarse en hormiga” para explicar la encarnación.

 

— Dios se ha encarnado en un hombre – les dijo.

 

El anuncio dejó a los motilones boquiabiertos. Se hizo un silencio tenso y sobrecogedor.

 

— ¿Por dónde caminó? – preguntó uno de ellos con un susurro.

 

Según la creencia común, cada motilón tiene su propio y particular sendero; por tanto, si se quiere encontrar a Dios hay que caminar en su sendero.

 

— Jesucristo es Dios hecho hombre – les contestó. Él puede mostrarles el sendero de Dios.

 

Una mirada de asombro, casi de temor, se pintó en sus rostros. El hombre del agujero le dijo:

 

—Muéstranos a Cristo.

 

Olson buscó una respuesta adecuada.

 

— Ustedes mataron a Cristo – les dijo. Ustedes destruyeron a Dios.

 

Sus ojos se agrandaron. ¿Que yo maté a Cristo? ¿Cómo lo hice? ¿Y cómo Dios puede ser matado?

 

Una metáfora de la redención

 

— ¿Cómo hacen el mal, la muerte y el engaño para imponer su poder sobre los motilones? – les preguntó Olson.

 

— Por medio de los oídos – contestó Bobby. Para los motilones el idioma es de trascendental importancia. Si un idioma maligno se obtiene por los oídos, significa la muerte.

 

Olson les recordó cómo ellos, después de cazar jabalíes, el jefe de la partida cuerea al animal y coloca la piel sobre su cabeza para cubrir sus oídos y mantener alejados a los espíritus malignos de la selva.

 

— Jesucristo fue asesinado – les dijo –. Pero de la misma manera que vuestro jefe cubre su cabeza con la piel para esconder sus oídos, así Jesús cuando murió, colocó su sangre sobre el engaño (o “pecado”) de ustedes, y lo esconde de la vista de Dios.

 

Ellos estaban entendiendo el mensaje.

 

Luego le dijo que Jesús fue enterrado. Entonces, una ola de tristeza los cubrió. La idea de que Dios estaba muerto y de que ellos estaban perdidos los hizo llorar y sollozar. (Era la primera vez que el misionero veía llorar a un motilón). Olson abrió su Biblia y les dijo:

 

— La Biblia dice que Jesús vivió después de haber muerto y está vivo hoy.

 

Uno de ellos le arrebató la Biblia y la llevó a su oído.

 

— No oigo nada – dijo.

 

— La Biblia no cambia en su modo de hablar. Es como esos papeles donde yo escribo lo que ustedes dicen. Dicen lo mismo todos los días. La Biblia dice que Jesús resucitó. Es el tallo bananero de Dios.

 

— Nunca nadie ha vuelto de los muertos en toda la historia motilona – dijo.

 

— Ya lo sé, pero Jesús lo hizo. Es la prueba de que realmente es el Hijo de Dios.

 

Esa noche Olson oró a Dios poniendo su confianza en la promesa de que la Palabra de Dios no volvería vacía.

 

Atando la hamaca a Jesús

 

Otra noche Bobby comenzó a interrogar a Olson. Estaban sentados alrededor del fuego.

 

— ¿Cómo puedo hacer para caminar en la senda de Jesús? Ningún motilón lo ha hecho jamás. Es algo nuevo. No hay ningún motilón que pueda explicarlo.

 

— Bobby, ¿recuerdas la primera vez que asistí a vuestra Fiesta de las Flechas, cómo yo tenía miedo de trepar a las hamacas para cantar (según vuestra tradición), porque colgaban a tanta altura y creía que pudieran cortarse las sogas, y te dije que cantaría solamente si podía tener un pie en la hamaca y el otro pie en el suelo?

 

— Sí, Bruchko —así le decían a Olson– lo recuerdo.

 

— ¿Y qué me dijiste en esa ocasión?

 

Bobby se rió.

 

— Te dije que tenías que tener ambos pies en la hamaca, porque “tenías que estar suspendido”.

 

— Exactamente. Tienes que estar suspendido. Así es que cuando sigues a Jesús nadie puede decirte cómo caminar en su senda. Solamente Jesús puede hacerlo. Pero para averiguarlo tienes que atar las sogas de tu hamaca a Jesús, y quedar suspendido en Dios.

 

Al día siguiente le dijo:

 

— Bruchko, quiero atar las sogas de mi hamaca a Jesucristo. ¿Cómo puedo hacerlo? No lo puedo ver ni tocar.

 

— Tú les has hablado a los espíritus, ¿verdad? – le preguntó Olson.

 

— Oh, sí, ahora veo.

 

Al otro día apareció con una amplia sonrisa en su cara.

 

— Bruchko, he atado las sogas de mi hamaca a Jesús. Ahora hablo un nuevo idioma.

 

— ¿Has aprendido algunas palabras del castellano que yo hablo? – le preguntó Olson.

 

Bobby se rió, con risa cristalina y dulce, y le dijo:

 

— No, Bruchko, hablo un nuevo lenguaje.

 

Olson comprendió. Para un motilón el idioma es vida. Si Bobby había adquirido una nueva vida, poseía un nuevo idioma.

 

Olson estaba emocionado. Ahora su amigo era también su hermano en Cristo.

 

— ¡Jesucristo ha resucitado de los muertos! – gritó Bobby. Su voz se hizo oír en lo profundo de la selva

 

— ¡Ha transitado nuestros senderos! ¡Hallé a Jesús!

 

Una predicación no tradicional

 

Bruce Olson hubiese deseado que Bobby compartiera su fe con todos los motilones a la manera religiosa, la única que él conocía. Sin embargo, Dios hizo las cosas a la manera motilona.

 

Se corrió la voz que habría de realizarse otro Festival de las Flechas. Cundió el entusiasmo, porque el Festival era la única ocasión en que todos los motilones se reunían. Allí se establecerían pactos, habría intercambio de flechas y competencia de cantos. Treparían a sus hamacas y cantarían –a la manera de los poetas griegos de la antigüedad o de los juglares medievales– hasta que les diera la voz, relatando leyendas, historias y noticias de sucesos recientes. Con frecuencia sus cantos tenían una duración de diez o doce horas ininterrumpidas sin darse tiempo para comer, tomar agua o descansar.

 

Desde hacía un tiempo, la gente miraba a Bobby de manera diferente. Se lo miraba con respeto y con alguna dosis de curiosidad. Un viejo jefe, Adjibacbayra, demostró un interés especial por Bobby. El primer día del Festival le desafió a una canción. A Bobby le gustó la idea y aceptó de inmediato. Ambos treparon y se metieron en una sola hamaca a más de seis metros de altura –como era su costumbre– y comenzaron a hamacarse. Bobby cantó primero y Adjibacbayra lo imitó repitiendo frase por frase. También cantaban otros hombres que se habían concertado.

 

La canción de Bobby tenía por tema la forma en que fueron engañados los motilones y por ello perdieron el sendero de Dios. Relató de qué manera conocieron a Dios, y cómo luego la codicia los hizo seguir a un falso profeta. A continuación comenzó a cantar sobre Jesús. Al hacerlo, todos se callaron para poder escuchar.

 

— Jesucristo se encarnó en el hombre –cantó Bobby–. Ha transitado nuestros senderos. Él es Dios, y sin embargo, podemos conocerlo.

 

Un silencio absoluto reinó en el hogar, con la excepción del canto plañidero de Bobby repetido por Adjibacbayra.

 

Pero Olson estaba sufriendo. Todo eso le parecía tan pagano. La melodía, entonada en una rara clave menor, semejaba la música de los médicos brujos. Pensaba que era “degradante” para el evangelio. Sin embargo, cuando miró a la gente que le rodeaba, comprobó que escuchaban como si sus vidas dependieran de ello. Bobby les estaba entregando una verdad espiritual a través del canto.

 

La canción se prolongó por catorce horas. No decayó el interés en ningún instante. Oscureció, y se encendieron los fuegos. Por fin, bajaron, agotados, de sus hamacas.

 

Adjibacbayra le dijo a Bobby:

 

— Nos has comunicado cosas verdaderamente nuevas. Yo también quiero estar suspendido en Jesús. Quiero cubrir mi engaño con su sangre.

 

Esa noche se desencadenó una revolución espiritual entre la gente. Nadie rechazó las noticias sobre Jesús. Todos querían que los llevara más allá del horizonte. Hubo un júbilo tremendo. A veces se hacía un silencio y hablaban entre ellos formando pequeños corrillos. Y en otras ocasiones el gozo se manifestaba en forma de canciones espontáneas. Y ello se prolongó hasta bien entrada la noche.

 

Las palabras que cantó Bobby fueron repetidas en otros Festivales de las Flechas, en diversas comunidades motilonas, donde fueron también gozosamente aceptadas. La vida del pueblo feroz e inexpugnable comenzaría a experimentar uno de los cambios más asombrosos de que se tenga memoria en pueblo alguno.

 

Dios les había hablado. Había hablado en el idioma motilón, y por medio de la cultura motilona, prescindiendo absolutamente del misionero “gringo” y de todo su trasfondo cultural.

 

 Mi perspectiva sobre los motilones cambió radicalmente con respecto a las opiniones que me había formado de ellos durante nuestra reunión inicial. Descubrí que era un pueblo alegre, que siempre hacían bromas entre ellos, cantaban o hablaban. Cada mañana, los hombres salían a cazar, mientras que las mujeres se quedaban para comenzar su trabajo del día. Los niños jugaban. Así era su vida en la jungla.

 

 Pasaron los años. Lo cierto es que mientras muchos de mis viejos compañeros de clase en Minnesota experimentaban la emoción y la confusión del "flower power", el evento de Woodstock y las manifestaciones contra la guerra en los Estados Unidos, yo pasé el final de la década del sesenta y principio del setenta cazando, pescando y hablando sobre Jesús con nativos en una jungla de Sudamérica. Y me encantaba.

 

 En 1971, establecimos dos centros de salud en la jungla. Los motilones aprendieron cómo tomar muestras de sangre, y teñirlas y probarlas para comprobar la malaria en un microscopio donado por una empresa farmacéutica. Debido a que los motilones pasaban hambre durante las épocas en que la caza era escasa, les enseñé a preparar la tierra para cosecharla. Los grandes campos eran susceptibles a las enfermedades y la erosión, así que nos centramos en pequeñas parcelas de terreno diseminadas en diferentes áreas de la jungla. Finalmente, cultivamos acres de cocoteros y bananos, y también maíz, frijoles, arroz, piñas y otros productos. Introdujimos ganadería—vacas y aves de corral—a fin de incrementar y garantizar el acceso a la carne y la leche.

 

 Además, organizamos dos escuelas. Los motilones aprendieron no sólo su idioma nativo, sino también el español, a fin de que pudieran comunicarse y negociar con el mundo exterior. Los motilones llaman a su idioma barí, que es también el nombre con que se denominan a sí mismos. Literalmente significa "nosotros el pueblo".


 Todos esos cambios se produjeron gradualmente y en consulta con los jefes tribales. Yo estaba muy contento, al ver que los avances mejoraban la calidad de vida para los motilones—o barí—de maneras que esencialmente preservaban sus valores tradicionales. Sin embargo, lo más satisfactorio de todo era ver cada vez más de mis amigos fortalecerse en Cristo.

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