LAS LAGRIMAS DEL PASTOR

 

En distintas maneras, en distintas intensidades y en distintos momentos de nuestro caminar, creo que la mayoría de los hombres y mujeres cristianos atravesamos un período de extrema sequedad, de profundo vacío, de exasperante incertidumbre que nos sumerge en una especie de depresión espiritual. Esto se agrava aún más cuando los que lo sufren son los pastores líderes en la Iglesia.

 

Estos episodios son mucho más frecuentes de lo que nos imaginamos, o de lo que nos enteramos, pues la vergüenza se encarga de silenciarlos.

 

La mayoría de los que servimos somos conscientes de la situación, pero no sabemos cómo enfrentarla, nos damos cuenta de que algo no va bien, pero tenemos miedo, miedo de parecer débiles, miedo de exponer abiertamente nuestras incertidumbres,  miedo porque nos han dicho que un ministro siempre tiene que hablar y actuar con seguridad, positivamente y exitosamente. Pero en nuestro interior, cuando se apagan las luces del púlpito y la oscura soledad abruma; cuando cesan los apretones de manos, las palmaditas en la espalda, y la sonrisa protocolar se diluye; cuando la estruendosa música de los instrumentos del altar se calla y se comienzan a escuchar los gritos desesperados del alma, allí, ante el espejo de nuestra conciencia que no sabe mentir, vemos el pálido reflejo de lo que somos y no nos gusta ser, y el fulgor de lo que deberíamos pero no alcanzamos a ser.

 

Y entre lo que somos y lo que deberíamos ser hay una distancia tan grande, que se lleva toda nuestra fuerza aún antes de dar el primer paso.   Inevitablemente somos conscientes del no ser, y el no ser lo que deseamos, o al menos en la medida que desearíamos ser, nos lleva a la frustración. Pero esta frustración es un monstruo demasiado grande al que no podemos matar; y demasiado vergonzoso al que no podemos sacar a pasear con una correa por la calle; entonces aprendemos a convivir con él, consentimos que habite dentro de nosotros mismos pero en un lugar oculto a las miradas externas. Se hace pequeñito cuando estamos en el púlpito y nuestra boca se llena de declaraciones victoriosas sobre la vida cristiana; pero se agiganta cuando nos bajamos del púlpito y no podemos convencernos a nosotros mismos, de lo que acabamos de convencer a otros. Somos como el médico que sabe recetar prontamente a los demás pero no encuentra la medicina correcta para sí mismo.

 

Demasiados siervos de Dios no sienten en la intimidad el pleno respaldo de Dios en sus vidas, se supone que deberían tenerlo, pero no lo tienen o al menos no con certeza, y eso los asusta. ¿cómo confesar que no siento el fuego? ¿cómo confesar que no siento la unción sobre mí? ¿cómo confesar que el ministerio se ha vuelto una rutina, una profesión, una apariencia, o una obligación que me abruma y me sobrepasa?….Y por culpa de este perverso “positivismo” o “exitismo” que han introducido los “best seller” que se venden en nuestras librerías cristianas como pan caliente, en vez de confesar lo que nos pasa confesamos lo que no nos pasa, en vez de confesar nuestras debilidades confesamos nuestras “fortalezas”, en vez de confesar lo que tenemos confesamos lo que no tenemos; tratando de auto-convencernos y de convencer a otros de que vivimos por fe, cuando en realidad estamos vacíos y secos.

 

Llenamos nuestras bocas de Dios delante de la gente, pero luego, a solas y a escondidas vamos a tientas, buscando algún método, algún milagro que nos devuelva la unción, alguien que nos ponga la mano encima y nos traspase el fuego, o la “doble o triple porción del espíritu”. ¡Que alguien nos dé algo que nos libre de la frustración, de la rutina, de la insatisfacción ministerial!… pero todo es en vano, buscamos a  alguien que nos dé un vaso de agua para refrescar el momento, pero todo es efímero, porque no vamos a la fuente, no vamos a Cristo. Y si vamos, vamos para suplicarle un poco por la obra que estamos haciendo para luego regresar a donde estábamos, pero cuando uno va a Cristo es para no volver más, es para morir.

 

Decía Leonard Ravenhill, “cuando tu veías pasar un hombre por la calle cargando una cruz sabías que no iba a volver más, que iba a la muerte“. *

 

¡Pero nosotros no lo entendemos así! Nosotros pensamos que la cruz es sólo un símbolo, un objeto que ya es obsoleto pues queremos “vida y vida en abundancia”, porque eso es lo que les prometemos a otros desde el púlpito. Pero para que yo tenga la vida de Cristo uno de los dos tiene que morir, y Él ya lo hizo en la cruz, ahora me toca a mí. No pueden vivir y reinar dos en una persona, no pueden vivir Cristo y Yo juntos y en armonía. Es necesario que Yo muera para que la vida de Cristo se manifieste en mí; es necesario que Yo sea destronado para que reine Cristo en mí, es necesario que Yo mengüe para que Cristo crezca en mí, es necesario que Yo sea destruido para que Cristo sea formado en mí, es necesario que Yo sea nada para que Cristo sea todo en mi. Y hasta que no lleguemos a ese punto no vamos a salir de la falsedad de nuestro cristianismo de apariencias.

 

El todo de Cristo se manifiesta en mi nada. El poder de Cristo se perfecciona en mi debilidad. Entonces ¿por qué no empezar a reconocer que no soy y no puedo nada, para que Cristo manifieste su Todo en mí? ¿por qué en vez de preocuparme por mostrarme poderoso ante mis ovejas, no confieso mis debilidades para que el poder de Cristo se perfeccione en mí? ¿por qué en vez de pasármela confesando éxitos que no he logrado todavía, metas que pretendo alcanzar o sueños grandiosos que no son otra cosa que delirios de grandeza, no comienzo a confesar mis debilidades? ¿es que tenemos miedo que nos vean como débiles y poca cosa? ¿pero no es, acaso, eso lo que en realidad somos? Nunca verán la grandeza de Cristo en nosotros hasta que nosotros no nos volvamos pequeños. Nunca verán el poder de Cristo actuando en nosotros hasta que no seamos reducidos a debilidad. El apostol pablo dijo un dia; "Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí". 2a.Cor.12:10 

 

¡Confiesa la verdad! ¿te interesa Cristo o tu reputación? …¿entonces porqué no eres sincero contigo mismo y con los que te rodean? ….. ¿porqué te esfuerzas en aparentar lo que no eres?… El positivismo te dice: “Pastor: ¡tú eres un campeón, un conquistador, el universo conspira a tu favor, adelántate y ocupa la posición privilegiada! … Jesús te dice: “no ames los primeros asientos, ni el ser visto de los hombres, ni el ser admirado ni aplaudido por ellos”… y pablo concluye; "Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." 2 Corintios 12:10

 

Querido siervo, tal vez has corrido demasiado rápido y ahora te das cuenta que saliste desnudo, si es así  no cometas el error de hacerte un delantal con hojas de higuera, no pretendas engañar a Dios y a los hombres, no puedes imitar la gloria de Dios que perdiste. Confiesa tu desnudez al que puede vestirte con lino limpio resplandeciente; que aunque todos se avergüencen de ti, Dios no lo hará.  

 

Tal vez debas aprender a  amar más la cruz que el púlpito, el estar de rodillas que el estar en pie, la vara del Señor que los aplausos del hombre. Porque cuando el pastor se rinde, Cristo es proclamado Señor. Cuando el pastor se doblega, Cristo es exaltado. Cuando el pastor reconoce su debilidad, Cristo manifiesta su poder. Cuando el pastor toma su cruz y muere, se manifiesta la vida del Cristo resucitado. 

 

Santiago 5:13 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas.

 

¿Has considerado que Dios no le pide al que está triste que cante? ¿Entonces porque te esfuerzas en ocultar el estado emocional de tu alma? Si fueses más sincero con Dios y con los hombres más pronto hallarías el refrigerio que tu alma necesita. 

 

Supongamos que yo soy ganadero, y tu vienes de visita a mi campo, entonces hago venir a dos hombres que son los pastores de mi rebaño. Uno de ellos tiene las manos con cicatrices y llagas, los pies hinchados, las sandalias con barro y estiércol de oveja,  y la ropa con manchas de tierra y en los hombros restos de lana. En cambio el otro va bien peinado, las manos limpias, las uñas impecables, la ropa impoluta, sus zapatos brillantes, y ni una lana de oveja ni una mancha de barro afean su aspecto. ¿Cuál de los dos pensarías tú que es un buen pastor? Seguramente el que tiene todas las marcas y señales de su arduo trabajo. ¿entonces porque te avergüenzas de que los demás vean tus heridas y tus manchas? 

 

 

Llora pastor, si tienes que llorar, grita, si es necesario; no te avergüences si tus lágrimas caen delante de tu rebaño. Porque lo que diferencia a un pastor de un lobo son las lágrimas, y las ovejas huyen del lobo, pero aman las lágrimas de su pastor.

 

Fuente: Diarios de avivamientos

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