Las caidas ¿son del Espíritu Santo o del diablo?

Si hablamos de genuinos Avivamientos en la historia de la Iglesia, no podemos ignorar el Gran Despertar, que es como se conoce al gran avivamiento del siglo XVIII, con extraordinarios hombres de Dios como Jonathan Edwards, John Wesley, Charles Wesley, George Whitefield y David Brainerd como protagonistas.

Fue el pastor y teólogo, Jonathan Edwards, quien nos dejó en su libro “Las Afecciones Religiosas” la siguiente advertencia:

 

“No es fácil apoyar lo bueno de los avivamientos religiosos y a la vez, ver y rechazar lo que en ellos está mal. Sin embargo, si queremos que el reino de Cristo prospere, sin duda, tendremos que hacer las dos cosas… Esta mezcla de religión falsa con verdadera ha sido el arma más poderosa de Satanás contra la causa de Cristo. Es por esto que nos urge aprender a distinguir entre la religión falsa y la verdadera; entre emociones y experiencias que realmente nacen de la salvación, y las imitaciones que aunque externamente atractivas y creíbles, son falsas.”

 

Hoy, tenemos por un lado a un grupo de creyentes que dan por válidas todas las emociones y experiencias que se manifiestan en la Iglesia, atribuyéndolas al obrar del Espíritu Santo, y paralelamente, tenemos al grupo de los que atribuyen toda emoción y experiencia al mero obrar de la carne o los demonios. Bien vale recordar otra de las advertencias de Edwards:

 

“Satanás divide al pueblo de Cristo y lo pone a pelear entre sí. Los cristianos riñen con gran fervor, como si esto fuera celo espiritual. El cristianismo se degenera en disputas sin sentido. Los partidos en pugna se abalanzan a extremos opuestos, dejando casi en el olvido el camino correcto que queda en medio de los dos.”

 

Irse a los extremos, aprobando toda manifestación externa como proveniente de Dios, o por el contrario, condenándola toda como proveniente del diablo; es olvidar el camino correcto que se encuentra en medio de las dos posturas.

 

Me he referido en capítulos anteriores, a aquellos ex-pentecostales que“sufrieron experiencias traumáticas“, y que ahora, “a salvo” desde la otra orilla, nos hacen señas para que huyamos del Movimiento Pentecostal y nos unamos a ellos porque “están libres de las manipulaciones emocionales que sufren los carismáticos“.

 

En estos testimonios de “ex-pentecostales” uno puede leer cosas como estas:

 

“Las sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo, no hay sustento bíblico para tal práctica. Cuando en los cultos hay un momento llamado “ministración”, o cuando el tiempo de alabanza se ha tornado muy espiritual, o simplemente cuando el predicador dice “vamos a imponer manos…” muchos creyentes, mayormente mujeres, empiezan a sacudirse, a temblar, y a tener movimientos similares a convulsiones, se genera un desorden y no hay ninguna parte en el Nuevo Testamento, que haga referencia a que esta práctica era común entre los cristianos del primer siglo.”  [Artículo: Porqué dejé el Pentecostalismo]

 

Por lo visto, este señor ignora los sabios consejos de grandes hombres de avivamiento, en cuanto a evitar tomar una postura extremista,  olvidándose de esta manera del camino correcto, que suele hallarse el medio de los extremos.

 

En primer lugar, responderé a la falsa afirmación de que:

 

“Las sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo, no hay sustento bíblico para tal práctica”.

 

Bien, lo que la Biblia no afirma en ningún lado es que tales manifestaciones no sean de Dios, de eso estoy seguro; por lo tanto, lo que no tiene ninguna base bíblica es la aseveración de que “Las sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo“. Pues sencillamente no hay ningún texto en las Escrituras que afirmen que el estremecimiento, o sacudida, o temblor, o caída al suelo por parte de una persona sea obra exclusiva del diablo, pero sí existen textos bíblicos que demuestran que Dios obra muchas veces de esa manera.

 

Este ex-pentecostal, usa el siguiente argumento para su afirmación:

 

“y no hay ninguna parte en el Nuevo Testamento, que haga referencia a que esta práctica era común entre los cristianos del primer siglo“

 

Por lo visto este señor es un experto en malabarismo bíblico, porque, por ejemplo, cuando se trata de “hablar en lenguas” hay mucha evidencia en el Nuevo Testamento de que era una práctica común entre los cristianos del primer siglo, y sin embargo él dice que ahora eso no está vigente. Pero cuando se trata de “temblar” o “caerse” usa como justificativo que no era una práctica habitual en el primer siglo. ¿quién lo entiende? Eso es sencillamente usar la Biblia a conveniencia, es decir manipularla a mi antojo.

 

Una de las característica de los ex-pentecostales, es que juzgan la experiencia de los demás de acuerdo a su propia experiencia traumática, lo cual produce un veredicto parcial, por lo tanto injusto. Sigamos leyendo lo que dice este “arrepentido”

 

“Las caídas no son genuinas. He visto que los pastores “mecen” a las personas ya sea al tomarlas de los hombros, de la cabeza o del torso, en algunos casos son ligeramente empujados hacia atrás. Algunas otras son productos de las emociones y casi siempre asociadas a la presencia de un orador o predicador.  Pocas han sido las veces que alguien se ha caído por el genuino poder de Dios, y las vidas de esos creyentes han sido transformadas tremendamente. Sé de casos de grandes hombres de la historia que comentan sobre estas caídas o trances, pero en 16 años de pentecostalismo que he vivido, nunca vi una experiencia similar. La mayoría de veces son sólo experiencias emocionales. Tampoco hay base bíblica para esto, no hay registro que sea una práctica en la iglesia neotestamentaria.”  [Artículo: Porqué dejé el Pentecostalismo – Jesús Paredes]

 

La base argumental de este señor es: “las caídas no son genuinas… en 16 años de pentecostalismo que he vivido, nunca vi una experiencia similar...” Y deberíamos suponer que esto es cierto solo porque lo dice él, asumiendo una especie de infalibilidad papal, con la cual su experiencia personal debe ser la regla de fe y de conducta para todo el mundo: si él no vio algo ese algo no debe existir. Pero nosotros fundamentaremos nuestra postura en la Biblia y en la Historia de la Iglesia, e intentaremos llegar a una conclusión imparcial, por lo cual no usaré mi experiencia personal, ni testimonios de pentecostales, solo la Biblia y el testimonio de algunos personajes históricos del calvinismo. 

 

Permítame aclararle que el temblar, o sacudirse, o caer al suelo, no es una “práctica”, sino una manifestación corporal esporádica que puede [o no] evidenciar una obra interna del Espíritu Santo. No es una manifestación del Espíritu Santo, sino una manifestación o reacción del cuerpo de la persona en la cual puede estar obrando el Espíritu Santo. Y por más que le pese a este señor, en la Biblia hay mucha evidencia de ello, y sí, efectivamente, las emociones no están disociadas de las experiencias o manifestaciones físicas en la vida espiritual. Leamos lo que dice el teólogo calvinista Jonathan Edwards

 

“Cuando recibimos al Espíritu Santo, las Escrituras dicen que somos bautizados en “Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Este “fuego” representa las emociones santas que el Espíritu produce en nosotros haciendo que nuestros corazones ardan dentro de nosotros (Lucas 24:32)… Dios, quien nos creó, no solo nos ha dado emociones, sino que también ha hecho que sean muy directamente la causa de nuestras acciones… Atrevidamente afirmo que jamás verdad espiritual alguna cambió la conducta o la actitud de una persona sin haber despertado sus emociones. Nunca un pecador deseó la salvación, ni un cristiano despertó de frialdad espiritual, sin que la verdad hubiera afectado su corazón. ¡Así de importantes son las emociones!.. Algunas personas condenan toda emoción fuerte. Albergan prejuicios en contra de todo el que tenga sentimientos poderosos y vivos acerca de Dios y las cosas espirituales. Instantáneamente asumen que tales personas sufren de algún engaño. Sin embargo, si, como acabo de comprobar, la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, se desprende que la abundancia de la verdadera religión en la vida de una persona resultará en plenitud de emoción… Esto, pues, demuestra que la existencia de fuertes emociones religiosas no es necesariamente una señal de fanatismo.

 

Erramos gravemente si condenamos a la gente de exaltada simplemente porque sus emociones son fuertes e intensas.” [Jonathan Edwards – Las Afecciones Religiosas]

 

El ámbito espiritual afecta y mueve al ámbito emocional o anímico, y el ámbito emocional o anímico afecta y mueve al ámbito físico. Si estoy feliz, seguramente habrá una expresión física en mi rostro, llamada sonrisa. De igual manera, si estoy triste se notará en mi aspecto exterior.  Nuestro cuerpo no está disociado de nuestras emociones, ni nuestras emociones están disociadas de nuestro espíritu, lo que afecta a uno puede afectar al resto. Si el Espíritu Santo obra en mi espíritu o en mi alma ¿por qué no puede mi cuerpo verse afectado por ello? Obviamente, no todos reaccionamos igual ante los mismos estímulos, ni todos exteriorizamos nuestras emociones de igual forma, ni nuestros cuerpos reaccionan idénticamente a otros.

 

Ante la presencia sobrecogedora de la divinidad, no todas las personas reaccionan igual, pero veamos que dicen las Escrituras con respecto a los efectos físicos de la presencia de Dios.

 

El profeta Daniel tenía más experiencias físicas que cualquier pentecostal de hoy día:

 

Daniel 8:15,18,27 Y aconteció que mientras yo Daniel consideraba la visión y procuraba comprenderla, he aquí se puso delante de mí uno con apariencia de hombre…  Mientras él hablaba conmigo, caí dormido en tierra sobre mi rostro; y él me tocó, y me hizo estar en pie…  Y yo Daniel quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días, y cuando convalecí, atendí los negocios del rey; pero estaba espantado a causa de la visión, y no la entendía.

 

Daniel 10:7-9,15-17 Y sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron.

 

Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno.

 

Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra. Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora. Mientras hablaba esto conmigo, me puse en pie temblando… Mientras me decía estas palabras, estaba yo con los ojos puestos en tierra, y enmudecido.  Pero he aquí, uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios. Entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza.

 

¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor? Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento. [RV-1960]

 

El profeta Ezequiel se quedó atónito por varios días:

 

Ezequiel 3:14,15 Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí.  Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos. [RV-1960]

 

Ante la revelación del Yo soy, de Jesús, las personas se desplomaron

 

Juan 18:4-6 Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, les salió al encuentro. —¿A quién buscan? —les preguntó.  —A Jesús de Nazaret —contestaron. —Yo soy.  Judas, el traidor, estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Yo soy», dieron un paso atrás y se desplomaron. [NVI]

 

La mujer que fue sanada de flujo de sangre, quedó temblando después del milagro

 

Marcos 5:33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. [RV-1960]

 

El apóstol Juan cayó como muerto ante la manifestación del Señor

 

Apocalipsis 1:17 Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; [RV-1960]

 

Moisés temblaba ante la presencia de Dios

 

Hechos 7:31,32 Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y acercándose para observar, vino a él la voz del Señor:  Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a mirar. [RV-1960]

 

Pablo no solo se cayó al suelo, sino que temblaba cuando tuvo su encuentro con Cristo,

 

Hechos 9:3-6 Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?  El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.

 

Lo mismo le pasó al carcelero de Filipo, y no era miedo a lo humano pues antes había sacado la espada para quitarse la vida, era temblor ante lo sobrenatural que había acontecido,

 

Hechos 16:29-30 El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas;  y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?

 

Hay suficiente evidencia bíblica sobre el hecho de que ante la presencia de lo celestial, el cuerpo humano es afectado de diversas maneras. Leamos que opina de esto el mencionado teólogo, Edwards,

 

“Las emociones espirituales, cuando poderosas y fuertes, indudablemente son capaces de producir grandes efectos corporales. El salmista dice, “Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Salmo 84:2). Aquí vemos una clara distinción entre corazón y carne, y la experiencia espiritual afectó a ambos. Otra vez dice, “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela” (Salmo 63:1). De nuevo se ve la clara distinción entre alma y carne… Las Escrituras nos relatan revelaciones de la gloria de Dios que tuvieron fuertes efectos corporales en aquellos que las recibieron. Por ejemplo, Daniel: “No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). La reacción del apóstol Juan a una visión de Cristo fue esta: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Apocalipsis 1:17). De nada sirve objetar que estas fueron revelaciones externas y visibles de la gloria de Dios, más bien que espirituales. La gloria externa era una señal de la gloria espiritual de Dios. Daniel y Juan lo habrían entendido así. La gloria externa no los sobrecogió solo por su esplendor físico, sino precisamente porque era una señal de la infinita gloria espiritual divina. Sería presumir, decir que en nuestros días Dios nunca da a creyentes vistazos espirituales de su belleza y majestad los cuales producen efectos corporales similares.” [Jonathan Edwards – Las Afecciones Religiosas]

 

De todos modos, en la iglesia primitiva, no solo los creyentes temblaban, sino los edificios también: Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló [Hechos 4:31]  Si a la presencia de Jehová tiembla la tierra [Sal 114:7] ¿es cosa increíble que un humano también tiemble ante esa presencia?

 

El argumento que esgrime este señor “ex-pentecostal”, va variando según su conveniencia; primero dice que – Las caídas no son genuinas, porque según él – no hay base bíblica para esto, no hay registro que sea una práctica en la iglesia neotestamentaria. Bien, ya hemos visto que tanto en el A.T. como en el Nuevo Testamento hay casos de caídas, y aunque este señor sigue confundiendo “práctica”·con “manifestación física” luego afirma lo siguiente:–Sé de casos de grandes hombres de la historia que comentan sobre estas caídas o trances. Pues sí, al menos no llega a tanto su descaro como para negar estos hechos históricos. 

 

 

Es bien sabido que en las predicaciones al aire libre de George Whitfield, las personas se estremecían, temblaban, gritaban y caían como muertas al suelo. Como dijo Martyn Lloyd-Jones de él: “los hombres quedaban aterrorizados, asustados y en agonía de alma cuando lo oían” La primera vez que predicó en una iglesia, hubo una queja formal de que “15 personas enloquecieron al escuchar el sermón” [Martyn Lloyd-Jones – Conferencia: Calvino y Whitefield] 

El mismo Whitefield escribía en sus diarios personales

“¡Oh, cuántas lágrimas se derramaron en medio de fuertes clamores por el amor del querido Señor Jesús! Algunos desfallecían y cuando recobraban las fuerzas, al escucharme volvían a desfallecer.

 

Otros gritaban como quien siente el ansia de la muerte. Y después de acabar el último discurso, yo mismo me sentí tan vencido por el amor de Dios, que casi me quedé sin vida… La Palabra era más cortante que una espada de dos filos, y los gritos y gemidos tocaban al corazón más endurecido. Algunos tenían semblantes tan pálidos como la palidez de la muerte; otros se retorcían las manos, llenos de angustia; otros más cayeron de rodillas al suelo, mientras que otros tenían que ser sostenidos por sus amigos para no caer. La mayor parte del público levantaba los ojos a los cielos, clamando y pidiendo misericordia de Dios.” [George Whitefield – Biografía de Grandes Cristianos – Orlando Boyer]

 

Podría mencionar a otro calvinista famoso, el misionero David Brainerd, quien en su diario personal nos narra el siguiente suceso: 

 

“Una joven india, que, según creo, nunca había sabido que tenía alma, ni había pensado en cosa semejante, al oír que había algo extraño entre los indios, vino, según parece, para averiguar la cosa… y cuando le dije que en aquel momento tenía intención de ir a predicar a los indios, se puso a reír y pareció burlarse; pero sin embargo, se fue a donde ellos estaban.

 

No había avanzado mucho en mi mensaje público antes de que ella misma sintiera de modo efectivo que tenía alma; y antes de haber concluido mi plática, se sentía reargüida de su pecado y de miseria, y tan afligida en la preocupación por la salvación de su alma, que parecía que la hubieran atravesado con un dardo, y lloraba en alta voz incesantemente. No podía sostenerse de pie ni sentada, y tenían que sujetarla. Después que hubo terminado el servicio público se echo sobre el suelo, orando con fervor, y no hacía caso de nada, ni contestaba a nadie que le hablara… Ella siguió diciendo esto incesantemente durante horas. Este fue verdaderamente un día sorprendente del poder de Dios, y me pareció bastante para convencer a un ateo de la verdad, importancia y poder de la Palabra de Dios.”  [Diario Personal de David Brainerd – Agosto 1745]

Veamos ahora lo que pasó en los avivamientos de los Puritanos. En el valle de Dedham, allá por el siglo XVII, había un predicador puritano llamado John Rogers, hombre lleno del Espíritu de tal manera que las personas decían “Vamos a Dedham para conseguir un poco de fuego”.  Thomas Goodwin, que fue a ver aquello, relató que “… la gente estaba en general  inundada con sus propias lágrimas; y él mismo, cuando salió y fue a tomar el caballo para irse, tuvo que colgarse un cuarto de hora sobre el cuello de su caballo llorando, antes de que él tuviera fuerza para montar, una muy extraña impresión estaba allí en él y generalmente sobre la gente”  [Iain Murray – La Esperanza Puritana]

Otro puritano, Robert Fleming, nos narra que sucedía en aquellos avivamientos : 

 

“Aquí debo dar un ejemplo muy solemne de la comunicación extraordinaria del Espíritu, que sucedió aproximadamente en el año 1625 en el oeste de Escocia, mientras que ardía la persecución de la iglesia por parte del partido Prelático; la chusma profana de la época llamó a esto la enfermedad del Stewarton, sucedió primero en esa parroquia, pero después a través de gran parte de ese país, particularmente en Irvine, adscrito al Ministerio del famoso Señor Dickson, donde se puede decir fue más notable, (tanto que diversos ministros y cristianos todavía vivos pueden ser testigos) que durante un tiempo considerable, pocos días de reposo pasaron sin algunos evidentemente convertidos y algunas pruebas convincentes del poder de Dios acompañando a su Palabra; sí, que muchos eran tan sofocados y tomados por el corazón, y a través del temor del Espíritu en tal medida convencidos de pecado, que al escuchar la Palabra caían y eran cargados fuera de la iglesia, y después demostraban ser los más sólidos y vivos cristianos… Verdaderamente, esta gran marea, que puedo llamar tan del Evangelio…  avanzaba de un lugar a otro, lo cual puso un brillo maravilloso en estas partes del país, esto trajo el deseo a muchas otras partes del país para ver la misma verdad.”  [Iain Murray – La Esperanza Puritana]

 

 

Podríamos mencionar multitud de casos a través de la Historia de la Iglesia y de los avivamientos, donde el temblar, el estremecerse, o el caer al suelo formaban parte de las manifestaciones físicas normales que se producían por la abrumadora presencia de Dios y la predicación poderosa del Evangelio; pero creo que con los mencionados serán suficientes para las mentes y corazones sinceros. Los pentecostales no hemos inventado nada extraño, simplemente creemos en lo que a través de los siglos la Iglesia ha experimentado en sus avivamientos.

Por supuesto que el mero hecho de temblar, o el caerse en un culto no significa que sean obra de Dios, y también es cierto que algunos predicadores neo-pentecostales han hecho de esto un circo, pero que un extremo no nos haga huir hacia el otro extremo.

 

Evidentemente muchas personas tienen la costumbre de tirarse hacia atrás cada vez que alguien les impone las manos, pero para eso hay solución: avíseles, antes de imponerle las manos, que no habrá nadie detrás para sostenerlas cuando caigan, y que el suelo es bastante duro; y así usted comprobará como la mayoría de los que suelen caerse ya no lo harán. Pero no tenga la menor duda de que estas manifestaciones físicas genuinas no son anti-bíblicas, por el contrario, tienen todo el respaldo de las Escrituras y de la Historia de la Iglesia.

 

 

Fuente: Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – De la serie Lo que no te contaron sobre los Pentecostales – Porqué sigo siendo Pentecostal – 2018

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