“BILLY” BRAY, PRÍNCIPE DE DIOS

(1794-1868)

 

Hombre de fe y oración. Dios se vale a veces de vasos muy débiles, y los usa de modo maravilloso. “Billy” Bray el famoso minero de Cornwall, fue sin duda uno de los más raros vasos que el Señor usó para hacer una obra muy grande en el mundo.

 

Antes de convertirse a Cristo, era un pobre minero borracho y disipado, pero después que el Espíritu de Dios tomó posesión de él, vino a ser una luz tan brillante para Cristo que su nombre llegó a ser conocido por toda la tierra. De un extremo de Cornwall hasta el otro, nadie era más conocido ni más popular que Billy Bray.

 

Billy nació en 1794, en Doce Cabezas, una villa cercana a Truro, Cornwall, Inglaterra. Su abuelo se había unido a los Metodistas en los días de Wesley. Su padre era también cristiano, pero murió cuando sus hijos eran muy pequeños.

 

Billy se convirtió, o más bien, fue convencido de su pecado por la lectura de las “Visiones del Cielo y del Infierno” por Juan Bunyan. Cuando estaba buscando al Señor caminó un domingo una milla para asistir a una reunión de cristianos. El tiempo era lluvioso y sólo él llegó. Por eso sintió un gran desaliento. Después de estar buscando la salvación por mucho tiempo, el diablo le tentó fuertemente a creer que no había ninguna misericordia para él. “Pero”, dijo él, “le dije al diablo, ‘Tú eres mentiroso’ y apenas hube dicho esto, sentí que un gran peso se quitó de mi mente y di alabanzas al Señor por ello”. Ese mismo día, por la tarde al irse a su casa y encerrarse en su cuarto, dijo a Dios: “Tú has dicho que él que pide recibe y él que busca halla, y al que llama se le abrirá. Yo tengo fe en tus palabras y las creo de verdad”. Esto trajo gozo a su corazón. “En un instante”, dijo él, “el Señor me hizo tan feliz que no pude describir ni explicar lo que sentí de puro gozo”.

 

Después de su conversión Billy llegó a ser un cristiano gozoso, y un consagrado obrero que se esforzaba por ver la salvación de pecadores, mayormente después de que fue guiado a una vida más rica en la fe y a una experiencia espiritual más profunda que la obtenida en su conversión a Cristo.

 

Su profunda piedad y su seguridad constante del favor divino, fueron el secreto de su gran utilidad en el servicio de Dios. “El agua que yo le daré,” dice el Señor, “será en él una fuente de -2- agua que salte para vida eterna”. Ser santificado por completo, como escribió San Pablo, lo estimaba Billy desde muy temprano en su vida religiosa como un deber y un privilegio.

 

Nos cuenta: “Me acuerdo bien que estaba en una reunión que fue presidida por un hermano vistante un domingo por la mañana en la capilla de Hick’s Mill. Le preguntó a uno de los miembros de la clase si podía decir con certeza que Dios le había limpiado de todo pecado. Él no pudo contestar. ‘Hablan, pensé yo, de la santificación. Yo tengo que conseguir esa bendición del Señor. Cayendo de rodillas pedí al Señor a gritos que me santificara, cuerpo, alma y espíritu. Y el Señor me dijo: ‘Tú ya eres limpio por la palabra que te he hablado’. Entonces yo respondí a Dios: ‘Yo lo creo de todo corazón, Señor’”. Al decir esto, un gozo tan grande llenó su corazón que no pudo hallar palabras para describirlo.

 

En años después decía: “No puedo callar ni estarme quieto. Siento que tengo el gozo de Dios y que debo alabarle a Él. Cuando voy por la calle, levanto un pie que muy claro dice: ‘Gloria’, y levanto el otro que grita ‘Amén’, y así van diciendo los dos mientras yo ando en mi camino”. Billy no vivió más para sí, sino para el Señor que murió por él y se levantó de entre los muertos. Siempre ponía al Señor en primer lugar. Su sendero estaba lleno de luz, la luz de la aurora que iba en aumento hasta que el día llegó a su perfección, como solía repetirlo en su figura retórica favorita. Justificado, santificado y sellado fueron los pasos sucesivos en su experiencia cristiana, más definidos para él que para otros creyentes quizás.

 

Su fe no flaqueó sino se hizo más y más fuerte, y su amor al Salvador aumentó en intensidad hasta que llegó a ser la pasión absorbente de su alma; y su esperanza brillaba con el resplandor y la refulgencia de lo alto. La frescura, la delicadeza y la fragancia de una experiencia rica en Cristo fueron suyas siempre.

 

Billy no tuvo esa religión desabrida y triste que profesan algunos cristianos. Él vivía siempre alegre. Su experiencia era de completa victoria y de esa vida feliz del creyente que atrae a pecadores a Cristo como la miel que atrae a las abejas. Los pecadores quieren una religión que les dé victoria sobre el pecado y cuando esta clase de religión se predica, las almas se ganan para Cristo.

 

En la Iglesia Metodista de San Blasey, Billy oyó a la gente quejarse de sus pruebas y de sus dificultades. Se levantó y les dijo: “Pues bien, amigos míos, yo también he bebido vinagre y miel, pero gracias al Señor, el vinagre me lo tomo con cucharita y la miel con cucharón”.

 

El testimonio suyo fue siempre de gozo y de victoria. Hablando del Señor, decía: “Él me da gozo y nadie me lo puede quitar. Me hace saltar y bailar y nadie me puede hacer sentar. Siento tanto del amor de Dios en mi corazón que creo que aunque me cortaran los pies, seguiría bailando en los muñones”. Algunos le criticaron, pero él decía: “Me llaman chiflado pero quieren decir que soy regocijado”.

 

Como todos los grandes ganadores de almas, Billy pasaba muchas horas en oración. Si iba de viaje a alguna parte le pedía siempre al Señor no permitirle al diablo que le rasguñase. “De este modo” decía él, “aunque le tengo miedo al diablo, le corto sus uñas”. El diablo era para él una viva realidad. Decía Billy que él trabajaba para una compañía fuerte, una empresa cuya razón social era “El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, y que confiaba de todo corazón en ellos.

 

Billy era mal cantante pero siempre cantaba. Decía que al Señor le gustaba oírle. “Sí, gloria a Dios, yo puedo cantar”, repetía con entusiasmo. “A mi Padre Celestial le agrada oír a las otras personas que cantan mejor que yo. Pero deben saber que mi Padre se deleita en oír el graznido del cuervo tanto como los dulces trinos del ruiseñor”.

 

 Su última palabra al morir fue “Gloria”. Poco antes había dicho: “¿Qué tema yo la muerte? ¿Qué yo me pierda? No puede ser, porque mi Salvador conquistó la muerte. Y si yo fuera al infierno, gritaría ‘gloria, gloria’ a mi Señor haciendo a resonar su santo nombre en el abismo infernal. Entonces el miserable Satanás me dijera: ‘Billy, Billy, este no es lugar para ti. ¡Vete: Quítate de aquí!’ Saldría volando para el cielo gritando: ‘Gloria, gloria. Alabado sea Dios’”.

 

Billy durmió en el Señor en el año 1868.

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